miércoles, 15 de mayo de 2019

Tu ilusión (Poema para una canción)






TU ILUSIÓN
Los años se te escurrieron
por los poros de la vida.
Más tiempo del que te acordabas
se había fugado anhelando
bellas cosas sin nombre,
íntimas emociones
pocas veces compartidas.

Fuiste mujer abriendo caminos,
pero el tuyo desconocido,
frenado por tus inseguridades,
prejuicios, deberes,
esas cadenas invisibles,
que te ataban al tedio de la razón,
te negaron ¡tantos y tantos sueños!

Estribillo
Miles de historias te esperan
para cantar quién eres tú
esa tú libre, esa tú
llena de experiencias,
esa tú desnuda
ante la vida que te quede,
esa tú realizando tu mayor ilusión.

Quizás ahora ya,
que nadie te necesita,
que tus criaturas
planean solas
en los frágiles cielos,
quizás ahora ya
tus ilusiones se realizarán.

Aquí están ahora
 hermosas canciones
acompañadas de tu guitarra,
que comprende la melodía
de tu voz un poco madura,
pero no acabada.

Estribillo
Miles de historias te esperan
para cantar quién eres tú
esa tú libre, esa tú
llena de experiencias,
esa tú desnuda
ante la vida que te quede,
esa tú realizando tu mayor ilusión.


La buena vecindad (Relato)





LA BUENA VECINDAD

La noche no podía ser más terrible, negra y estruendosa. El viento de Levante azotaba sin piedad las casas humildes del barrio hebreo. Carmen pensaba que sería incapaz de soportar una noche más, tan sola, en esa ciudad del norte de África, en la que le había tocado vivir porque el destino de su marido así lo requería. La humilde mentalidad de mujer rural, que había salido por primera vez de su pueblito extremeño, nueve años después de la guerra fratricida en la que tantas familias y vecinos se habían roto y enemistado por ideas ininteligibles. Carmen no comprendía la idiosincrasia de Melilla, que se le antojaba extraña y hostil. Temía ser engañada y estafada. En la calle de su barrio lucía una expresión huraña, siempre sería, por supuesto, no confraternizaba con sus vecinos. Únicamente se sentía segura cuando la acompañaba su marido. La única certeza era el trabajo de este, sustento de la familia, de dos niños: Jose de cuatro años y Juani de dos. Ahora dormían ajenos a la lucha que libraba el mar contra esta ciudad africana. Su marido, ya sargento, llevaba más de 20 días en las islas Chafarinas haciendo las guardias pertinentes, no volvería hasta el 24 de diciembre. Ella no quería quejarse, porque nunca había tenido una vida fácil, pero trasladarse a Melilla desde su pueblo. Primero ese viaje en el coche de su primo hasta Málaga y luego ocho horas de barco y para más Inri, no les había quedado más remedio que instalarse en un barrio donde pululaban únicamente hebreos y algunos moros, los españoles no abundaban. A Carmen se le hacía cuesta arriba el día a día con sus vecinos, a los que de entrada no entendía muy bien porque no hablaban en cristiano. Además, muy buena gente no sería. De hecho, los judíos habían matado a Jesús y además tenían fama de avaros y usureros. No eran gente de fiar-pensaba siempre- porque ya lo decía el refrán: “Cuando el río suena agua lleva”. Pero si la guerra esa de Europa había sido por su culpa, algo de razón habría en ello. Serían más o menos las doce y Carmen sentada en la mesa camilla, al calor del brasero, doblaba ropa, invadida por estos oscuros pensamientos que no la conducían a ningún puerto y se asemejaban a la tempestad que el mar libraba en la costa melillense. De repente un fuerte estruendo le hizo salir de su ensimismamiento. El corazón se le salía del pecho y se puso a temblar, fue corriendo al dormitorio donde los niños lloraban, pero no vio nada, sin embargo, la cocina se había abierto de parte a parte y un montón de escombros la ocupaban, esta daba al Este y no había podido soportar el envite del aire frío, que ahora entraba a raudales por la casa. Carmen no sabía qué hacer y se echó a llorar, solo pudo coger a sus niños y encerrarse en el dormitorio a esperar que pasase el temporal, pero hacía mucho frío, no sabía si podrían soportarlo. Temía que la casa entera se les cayera encima. De repente escuchó unos fuertes golpes en la puerta de la calle. Una voz de mujer con un acento raro estaba detrás. La voz insistía:
-      Señora, señora ¿Están ustedes bien? - y aporreaba la puerta con insistencia- Soy Raquel su vecina de al lado.
Carmen le abrió llorando-Sí, estamos bien, pero la casa se cae a trozos.
-Corre coge a tus niños y vente a la mía que es más fuerte porque el año pasado me la arreglaron y no hay peligro.
Carmen le puso a Jose un abrigo y Raquel lo tomó de la mano. Envolvió a Juani en una manta cogiéndola en brazos. Carmen cerró la puerta y salieron a toda prisa de la casa, que mostraba sus fauces abiertas.
Raquel le dijo que era viuda, pues a su marido se lo tragó el mar en una noche parecida a esa, hacía seis años. Esta hizo pasar a sus vecinos a un saloncito forrado con una alfombra donde una mesa baja y tres catres pegados a la pared, que por el día servían como sofás y por la noche podían convertirse en improvisadas camas para posibles invitados, constituían el único mobiliario de la estancia. Las paredes lucían un alegre color azul. Se respiraba un ambiente cálido con un leve olor a especias. Les ofreció a los niños un vaso de leche caliente endulzado con miel con el propósito de que pudieran conciliar de nuevo el sueño. Para ellas dos, trajo unas tazas de hierbaluisa, que endulzaron también con miel. Los niños estaban muy nerviosos y lloriqueaban sin querer dormir. Raquel les preguntó si les gustaban las canciones y ellos la miraban con extrañeza. Preguntó a Carmen si podía cantarles una canción, esta asintió con la cabeza.
Raquel empezó a cantar con una voz suave y melodiosa:
- Abridme galanica
que ya amanece.
- Abrir ya vos abro
mi lindo amor,
la noche yo non durmo
pensando en vos.
Mi padre está meldando
nos oyerá
- Amatadle la candela
así se echará.
- Mi madre está enfornando
nos oyerá.
-Arrubadle la palica
así se durmirá.
Cuando Raquel hubo terminado su dulce canción, los niños dormían plácidamente. Carmen preguntó por la canción a Raquel, esta le dijo que se la enseñó su madre cuando era pequeña. Los padres de Raquel se instalaron en el barrio hebreo, cuando se creó en 1905 para dar cobijo a las familias judías expulsadas de Taza por el Rghi Bu Hamara en 1902.
-Yo nací aquí y mi hermano también, pero ahora él está en Nueva York y se dedica al comercio, hace diez años que no lo veo. Tras la muerte de mi Elías, él me manda todos los meses un giro para que pueda vivir y no para de repetirme que por qué no me voy a vivir con él a Nueva York. Pero le tengo apego a esta tierra, a esta casa, que fue la de mis padres y a este mar que guarda el alma de mi querido esposo.
Por la mañana, el día amaneció soleado. Raquel los despertó con un espléndido bizcocho que ella llamaba pan esponyado y unas tazas humeantes de leche para los niños. Ellas tomaron un café que a Carmen le supo a gloria.
Después se marcharon juntas a la tienda de Samuel para comprar comida. La casa de Carmen permanecía cerrada por la parte de delante, aunque por detrás estaba derruida. La ciudad ofrecía un aspecto desolador, palmeras caídas en mitad de la calle, cristales rotos, muros derrumbados.
Samuel les puso al tanto, pues había escuchado en el parte de la radio lo ocurrido en aquella fatídica noche del 12 al 13 de diciembre de 1949. El general Galera, jefe accidental del Cuerpo de Ejército del Maestrazgo, había facilitado diversos pabellones militares para refugio de los que quedaron sin vivienda. Dice el alcalde que hasta el momento los datos que se tenían eran incompletos sobre víctimas y daños. Se sabe que se han perdido cinco pailebotes, dos barcos de arrastre, diez traínas y dos palangreros, con catorce víctimas. También han sido derribadas nueve viviendas y otras muchas han tenido que ser desalojadas ante la amenaza de ruina, y que ha habido seis muertos y varios heridos.
Raquel compró huevos, calabacines y medio kilo de carne picada de cordero   kosher para preparar calabacines rellenos. En primer lugar, se pusieron a elaborar pan ázimo, Raquel le explico que este pan se elaboraba con harina, sal y agua, pero sin levadura. Lo iban a cocer en una sartén, como así fue. Luego lavó los calabacines y los cortó en gruesas rodajas que vació en el centro, previamente había aliñado la carne picada con especias: canela, pimienta, comino, azafrán, culantro, perejil y ajo. Rellenó los calabacines y los dispuso en una cazuela de barro con cebolla perejil y tomate rallado, cubierto de agua. Lo puso en el fuego hasta que se coció. Carmen no salía de su asombro, pues jamás había visto una comida parecida.
 Raquel era amable y considerada, no permitió que Carmen y los niños se marcharan a los pabellones militares habilitados para la gente sin hogar. Carlos, el marido de Carmen llegó de la guardia en las Chafarinas el día 24 de diciembre y encontró a su mujer feliz en casa de la vecina hebrea. Rápidamente consiguió, primero una habitación en residencia militar y luego un buen piso donde vivir decentemente.
Nunca más Carmen pensó mal de nadie por diferente que fuera. Todos los refranes pertenecen a la sabiduría popular, pero se equivocan muchas veces con respecto a las personas, ya que la bondad, al igual que la maldad, no son patrimonio de ninguna raza, ni pueblo.





Solo recuerdos (Relato para un refrán)

SOLO RECUERDOS





Mientras escuchaba con nostalgia una melancólica canción de John Denver llamada Today, me abstraía en esa letra que invitaba a aferrarse al presente: “…Voy a festejar en tu mesa, dormiré en tu trébol ¿A quién le importa lo que traiga el mañana?...”

Sumida en las emociones de esa música, y con la facilidad mía de colocar la mente en otro lugar, en otro tiempo, no sé cómo, me vi sumergida en unas vacaciones de verano pasadas en el pueblo de mis padres, a mediados de los 60. Empecé poco a poco a bucear en ese momento y encontré recuerdos hermosos ¿De felicidad? Creo que sí, y lo era en un pequeño espacio, un pueblito de casas bajas, con una iglesia blanca, un ayuntamiento y una sola escuela, sin mar, sin montañas, solo un río con arboledas de álamos y moreras, además de muchas huertas.



Las imágenes de este lugar las componían hombres con mulos y burros transportando en grandes serones productos de los sembrados, mujeres acarreando agua en un cántaro depositado encima de una rodilla de tela sobre la cabeza, o en la cadera, mismo sitio donde, a veces, colocaban a sus niños de corta edad y cuando no era el agua o el niño, se trataba de un barreño de zinc lleno de ropa sobre el que ponían un lavadero de madera y en la mano libre una tajuela para arrodillarse y lavar sábanas, toallas, mudas… con jabón que ellas mismas hacían a base de aceite y grasas, añadiéndole sosa caustica.


El camino del río tenía este trasiego muy de mañana como aquel día en el que fuimos toda la familia, mi madre, mi padre, mi hermana, mi hermano, que ya era un adolescente un poco rebelde, y yo de 8 años. La víspera mi padre lo había propuesto, pero dijo que iríamos solo con pan en una cesta, algún utensilio de cocina, algo de aceite y sal, y una manta donde poder sentarnos, el resto lo conseguiríamos en el campo. Eso sí, recomendó a mi hermano que llevara su tirachinas fabricado por él mismo con un palo en forma de Y griega, una tira de goma elástica sacada de la cámara de un neumático y un trozo de cuero. Con qué facilidad creábamos en aquel entonces nuestros propios juguetes, el aro, el flotador y las muñecas hechas de trapo. La imaginación era una cualidad de la que íbamos sobrados. Esta surgía de nuestro interior. Ahora a los niños se lo damos todo imaginado y pensado. Ese día la cosa prometía. Por primera vez mi padre quería mostrarnos cómo se puede sobrevivir sin comida venida de la tienda- porque “a buen hambre no hay pan duro”- decía él. Andábamos por el camino del río felices, buscando un trozo de sombra a la orilla de este, para extender la manta y quizás bañarnos. Eso iba yo a hacer cuando mi padre sugirió que fuéramos de caza, si queríamos comer al mediodía. A mi hermana, solo dos años mayor que yo, y a mí, nos encantó la idea, pero mi hermano aceptó refunfuñando como venía siendo su costumbre últimamente. 



Mi madre se quedó a la orilla del río mientras nosotros íbamos cesta en mano, que mi hermana portaba, a buscar algo que llevarnos a la boca. Anduvimos por el campo entre chumberas y zarzales, que ya tenían zarzamoras, pues estábamos a mediados de agosto, recogimos unas cuantas, después vimos pájaros volar. Eran gorriones, mi hermano puso su tirachinas en marcha y consiguió dar a tres, luego el resto de los gorriones se echaron a volar espantados y los que aparecieron fueron algunos cuervos graznando, pero mi hermano no quería cazarlos, pues pensaba que no se podían comer, sin embargo, mi padre le dijo que adelante y de nuevo sacó a relucir otro refrán, esta vez era “ave que vuela a la cazuela”. Mi hermana y yo teníamos una cara de asco tremenda al ver el cuervo muerto, pero mi padre nos dijo que durante la guerra y la posguerra de España mucha gente tuvo que comer cuervos, ratas y hasta perros para no morir de hambre y añadió- “¡cuestión de supervivencia!”-. Seguimos nuestra marcha y luego cortamos algunos higos de las higueras que sobresalían por las vallas de piedra de las huertas. Los chumbos ya estaban maduros también, pero para que no nos sentaran mal, según mi padre, habría que haberlos recogido con las frescas, o sea, de madrugada. Llegamos un poco cansados del paseo por el campo, aunque a mi hermano aún le quedaron energías para subirse a una morera a hacerse con algunas moras blancas. Mi hermana se fue a llenar el botijo a una fuente situada a pocos pasos de allí, yo, por fin, pude bañarme. Entre tanto, mis padres se pusieron a desplumar los gorriones y el cuervo. Acto seguido encendieron un fuego con las ramas y trozos de madera que mi madre había encontrado por la orilla del río cuando estábamos fuera. Pusieron una sartén con aceite y frieron los pájaros y el cuervo troceado. Nos comimos sin rechistar los pájaros con un pedazo de pan, y de postre la fruta que habíamos recogido, pues cansados por el baño y la caminata, el almuerzo se convirtió en un placer aderezado por la fresca sombra de los árboles, que nos abanicaban con una leve brisa e incitaban a una siesta a la que mis hermanos y yo sucumbimos tras la comida.

Recuerdos en blanco y negro (poema)





Recuerdos en blanco y negro
Caras de la infancia
envueltas en luces y sombras,
miradas frías, alegres, tiernas.
Fiestas olvidadas,
familia del ayer.
¡Cuántos sentimientos encerrados en  papel!
¡Cuántas nubes sin agua ni tormenta!
Son pasado con nostalgia,
pasado irreal, soñado.
Imágenes veladas en la mente,
juguetes del olvido.
Conservan impresas:
Navidades, cumpleaños con tarta,
bodas, bautizos, comuniones,
vidas huidas hacia el destino,
puentes que contemplan el fluir del tiempo,
los deseos perdidos,
 futuros desvanecidos,
 verdades ocultas.
Ellas no guardan la maldad,
solo el amor y la felicidad.
La desgracia fue rota en pedazos,
arrojada al viento del pasado.
El alma permanece en el álbum de fotos.


sábado, 27 de abril de 2019

El unicornio de Lucas ( Cuento de Navidad)



EL UNICORNIO DE LUCAS


En el piso de la familia Periñán, sus miembros se afanaban preparando maletas y paquetes, en especial Lucas de siete años, hijo único. Era un niño muy querido por unos padres volcados en su trabajo de profesores. Eduardo ejercía en un colegio de Primaria, al que iba Lucas y Sara en un Instituto de Secundaria. Para esta familia gaditana asentada en Madrid por motivos laborales, las vacaciones al lado de los abuelos (Padres de Eduardo, ya que los de Sara habían fallecido en un accidente de   avión ocurrido hacía diez años), constituía un tiempo de ocio, de tranquilidad en medio de una agitada vida cotidiana, con días cargados de trabajo, que finalizaban en un piso, donde el único contacto con la naturaleza, unas macetas de un balcón que daba al asfalto y un parque a media hora de su vivienda, suponía el único respiro. Las vacaciones, sobre todo las de Navidad, eran maravillosas para Lucas. En Chiclana le esperaban sus yayos, a los que adoraba. Lucas disfrutaba del jardín, de un perro con el que jugaba, de paseos por la marisma, por la playa y además su yayo le contaba unos cuentos que Lucas, al que le gustaba mucho leer, no conocía y le apasionaban.
Las seis horas de viaje se le pasaron a Lucas en un suspiro. Los abuelos los recibieron con mucha alegría. El salón del chalé estaba presidido por un enorme árbol de Navidad cuajado de bolas de colores y espumillones, acabado en una   estrella plateada y un angelito, a cuyos pies se extendía un precioso Belén con su portal, ríos y lavanderas, esparcidos por ese supuesto campo y monte de Judea, además de un sinfín de pastorcillos y ovejas. La casa de los abuelos desprendía una gran calidez. Para Lucas era un tiempo mágico, se trataba de una felicidad invisible que llenaba ese hogar apacible.
Al día siguiente, la lluvia hizo aparición en Chiclana y los planes de ir todos juntos al mercado a comprar los alimentos para Nochebuena y Navidad fueron cambiados. Lucas y su abuelo se quedarían en casa con la promesa de que el Yayo le contaría una bonita historia de Navidad. El nieto accedió, pues le constaba que don Enrique era un buen narrador y a él le encantaban sus cuentos.
Cuando se quedaron solos abuelo y nieto se sentaron en el sofá. Don Enrique un funcionario de ayuntamiento ya jubilado, muy aficionado a la lectura, comenzó este cuento:
Había una vez una familia que tenía un hijo llamado Pedrito, este tenía la misma edad que Lucas. Vivian en una humilde casa de campo, rodeada de una pequeña huerta. Los padres de Pedrito sembraban en ella lo necesario para vivir. También tenían una vaca, un cerdo y algunas gallinas. Desde luego eran pobres, pero parecían felices. Casi a diario, mientras María, la madre de Pedrito hacía el pan y la humilde comida, Alberto, el padre de Pedrito salía a cazar, casi siempre acompañado del niño y a veces traían alguna liebre, otras alguna perdiz y así iban tirando. Pedrito amaba el bosque, de hecho, cuando su padre en ciertas ocasiones se sentaba a dormir la siesta, Pedrito se dedicaba a hablar con los árboles, a veces les cantaba en voz baja las canciones que su madre le había enseñado siendo más pequeño. Su preferida era la del Romance del prisionero:
“Que por mayo era por mayo
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor...”


Estaba Pedrito cantando esta canción, cuando a lo lejos vio aparecer un hermoso caballo blanco, que galopaba a su alrededor. De pronto Pedrito pegó un salto, pues vio que este precioso caballo tenía un…, ¿defecto?, sí, no estaba soñando, tenía un cuerno en la frente y relinchaba mirando a Pedrito con ternura. Pedrito intentó despertar a su padre para que viera, él también, ese hermoso caballo que parecía haber surgido de la nada, pero su padre
dormía como un tronco. Pedrito se acercó al caballo, que se había detenido y bajaba la cabeza para que Pedrito lo acariciara. Este animal desprendía una energía cálida que Pedrito sentía en sus manos y en su cuerpo. Tras unos momentos vividos por el niño en una especie de ensueño, sintió que alguien le daba una palmadita en el hombro. Su padre le llamaba para marcharse a casa, pero Pedrito solo fue consciente de ello al sentir la mano del progenitor, que parecía no haber visto nada.
De vuelta a casa un gran problema les esperaba, los recaudadores de impuestos se habían llevado toda su comida incluidos el cerdo, la vaca y las gallinas. Navidad se acercaba y el hambre, que las pocas verduras que quedaban en el huerto, no había podido calmar, amenazaba peligrosamente sus vidas. La caza apenas cubría las necesidades más básicas. Pero Alberto sabía tallar la madera y tenía algunas figuritas que pretendía llevar al mercado la próxima semana. María le dijo a Pedrito que este año no vendrían los Reyes Magos. Pedrito comunicó a sus padres que no pasaba nada, aunque si a papá no le importaba le gustaría que le tallara un caballito con un cuerno en la frente. Al día siguiente cuando se despertó un hermoso caballito con un cuerno en la frente, yacía en su almohada. Pedrito le dio un fuerte abrazo a su padre, al cual se le caían las lágrimas por la emoción y la tristeza de ver que su familia tenía que pasar grandes penurias por culpa de la avaricia de unos poderosos señores que vivían a costa de la gente humilde.
Pedrito le contaba sus cosas al animalito de madera que se había convertido en su confidente y compañero de juegos. Llegó por fin el día del mercado, este se encontraba en la pequeña villa, centro de la comarca a cuatro   kilómetros de la casa de Pedrito. Al amanecer salieron padre madre e hijo con un saquito de figuritas talladas exquisitamente por Alberto. Este esperaba venderlas y poder salir de la miseria. Llegaron a la plaza de la villa, ocupada por gran cantidad de mercaderías y vecinos de toda la zona. Se instalaron en un rincón de esta. La gente los miraba a ellos y a sus figuritas, pero nadie mostraba intención de comprar. Hasta que apareció un grupo formado por una mujer rubia muy elegante, de mediana edad acompañada por otra, morena de edad parecida, pero vestida más modestamente, estas eran seguidas por una mula torda que portaba una especie de silla en la que iba sentado un chico un poco mayor que Pedrito, muy elegantemente vestido, pero muy delgado y con unos ojos oscuros enmarcados en unas grandes ojeras. Se ocupaba de la mula un muchacho de librea verde, el criado sin duda. El niño pidió a su madre que se pararan delante del puesto de las figuritas. A una señal del criado la mula torda se agachó y este puso la silla en el suelo, al lado del puesto de Pedrito. El niño de las ojeras se dirigió a Pedrito:
-      Buenos días -le dijo el niño elegante
-      Buenos días- Contestó Pedrito
-      ¿Qué clase de animal es el que tienes en tu mano?
-      Es un caballo con un cuerno en la frente-repuso Pedrito
-      ¿Me dejas tocarlo?
-      Claro, toma- dijo Pedrito entregándole el caballito.
-      ¡Es precioso y muy cálido! – Dijo el niño elegante- Es un unicornio-dijo el niño de la silla-. He leído una historia sobre este caballo.
-       ¿Cómo te llamas? - le preguntó el chico elegante a Pedrito
-      Pedro, ¿y tú?
-      Yo, Raúl.
-      ¿No puedes andar? – preguntó Pedrito
-       No. Cuando era más pequeño me puse enfermo con mucha fiebre y ya no puedo andar. El médico dice que sigo enfermo.
    
Raúl extendió la mano para devolverle el juguete, pero Pedrito dijo que se lo quedase, pues él lo necesitaba más. Le preguntó que cuánto valía y Pedrito alzó los hombros por toda respuesta.
La madre de Raúl compró algunas figuritas y les preguntó a los padres de Pedrito si podrían tallarle un juego de ajedrez. Alberto respondió que sí, que lo tendría en una semana, pero que necesitaba un modelo. Quedaron en que cuando acabara el mercado se pasarían por la casa de Raúl y así lo hicieron. Fueron recibidos por doña Enriqueta, la madre de Raúl que les mostró un juego de Ajedrez, esta entregó a Alberto un papel acompañado de un carboncillo. Alberto esbozó las figuras que tenía que tallar. Mientras estaba en esto, María observaba las riquezas de esta casa noble, como correspondía a los condes de la comarca y de pronto se asustó porque por una puerta vio salir a uno de los dos recaudadores de impuestos que los habían dejado en la ruina. María pegó un pequeño grito y Doña Enriqueta le preguntó que qué le pasaba. María le contó por encima su problema. Doña Enriqueta le dijo que se lo haría saber a su esposo, Conde a la sazón de esta comarca y seguro que tomaría medidas.
A la semana siguiente, la víspera de Nochebuena, Alberto acompañado de su esposa y de su hijo llamó a la puerta de la casa noble. Una sirvienta les hizo pasar a una sala de estar. Al poco aparecieron madre e hijo acompañados esta vez del padre. Todos con una cara sonriente.
Pero cuál no sería la sorpresa de Alberto, María y Pedrito al ver a Raúl andar por sí solo con la ayuda de un bastón.
Raúl se acercó a Pedrito y le dio un caluroso abrazo.
-      Querido Pedro- dijo Raúl- Desde el día en que me diste el unicornio, empecé a sentirme mejor, y he comenzado a andar.
-      Es cierto- declaró doña Enriqueta- Es como si el frío que invadía el cuerpo de mi hijo se hubiera marchado, devolviéndole la salud.
-      Perdonad- interrumpió Raúl- Este es mi padre
-      Me alegro de conocerlos, y les agradezco la felicidad que han traído a esta casa – se congratuló el señor conde.
-      ¿No olvidas algo Alfonso? - Interrumpió doña Enriqueta.
-      ¡Ah sí! - Contestó don Alfonso- He despedido y llevado ante la justicia   a mis dos recaudadores, pues estaban robando a todos los campesinos de la comarca, ya que solo pueden cobrar un diezmo de la producción de las granjas y no toda. -Al decir esto, entregó una bolsa de dinero a Alberto diciendo:
-      Esto os pertenece.
-      Me gustaría ver ese juego de Ajedrez que me habéis traído – dijo la Condesa.
Alberto lo sacó y lo expuso encima de la mesa. En verdad era una maravilla y tanto don Alfonso como doña Enriqueta se quedaron boquiabiertos ante tanta delicadeza de formas.  Doña Enriqueta susurró algo al oído de su marido. Tras unos instantes, esta les propuso quedarse a pasar la Nochebuena y la Navidad con ellos. Raúl estaba muy contento de poder compartir una fiesta tan entrañable con su nuevo amigo. A Pedrito también le encantaba la idea.
 Los dos días de fiesta transcurrieron felices para la familia noble y la campesina. Don Alfonso le ofreció un trabajo de carpintero a Alberto, además propuso a los padres de Pedrito que el niño estudiara al lado de su hijo. Con el tiempo Raúl y Pedrito se convertirían en amigos inseparables y tendrían un buen futuro juntos. Y fueron felices y comieron perdices y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
      El abuelo Enrique acabó el cuento y el nieto maravillado por esta hermosa historia, le dijo al abuelo:
-      ¿Sabes abuelo lo que voy a pedir a los Reyes Magos este año? Un Unicornio y solo eso.
-      Pero ¿Sabes una cosa Lucas? – Repuso el abuelo- La magia del unicornio solo funciona con las buenas personas, con las limpias de corazón.
-      Yo lo seré, seré bueno abuelo y diciendo esto Lucas le dio un fuerte abrazo a su yayo.


Don Aurelio y las UDI (Relato con 9 palabras que contienen las 5 vocales)


DON AURELIO Y LAS UDI



Don Aurelio era un señor de mediana edad. Define “mediana edad”, pues alguien con ¿Cincuenta y tantos? Lo dejaremos en “taitantos”. A simple vista se mostraba como una persona cortés que sabía muy bien qué palabras utilizar y cuándo utilizarlas. Se dedicaba a la enseñanza de Historia en un Instituto de Secundaria y Bachillerato en una pequeña ciudad. Sin duda tenía buen concepto de sí mismo, pues cuando se miraba al espejo sonreía subrepticiamente, muy pagado de sí mismo. Todas las tardes, tras dormir una “siestorra” de más de dos horas mientras su mujer arreglaba la cocina y veía su novela, la cogía del brazo, no sin antes animarla, por no decir, obligarla a que se vistiera con sus mejores galas. Siempre salían a pasear a lo largo de la calle Real, pavoneándose y luciéndola, pues, a pesar de que doña Güendolina era casi tan mayor como él, aún estaba de buen ver. Todo esto ocurría a diario, salvo los sábados por la tarde que don Aurelio se lo reservaba a sus amigos para jugar una partidita de cartas o dominó en el casino. Cualquiera presupondría que don Aurelio era un hombre feliz. No os engañéis, y ya lo decía Einstein: “Todo es relativo”. Siempre habría alguien mejor que él, más joven, más guapo, más listo, que además sería un hacha en informática, o sea, su nuevo compañero de Departamento, recién salidito del horno de las oposiciones. Este era un chaval moderno, simpático y con don de gentes, aunque su nombre sonase a antiguo, Eustaquio. Al chico le agradaba llamarse como su abuelo y su padre, porque sabía el significado de dicho nombre de origen griego, fértil o fecundo. Los alumnos que lo trataban casi de igual a igual lo llamaban Eus.
Don Aurelio, al cual era difícil apearle del “don”, había reinado en su Departamento como jefe entre interinos. Ahora temía ser destronado poco a poco por este joven.
A principios de curso Eus, que evidentemente aún no era jefe de Departamento, instó a don Aurelio a que hiciera cambios significativos en la Programación. Eus le decía que, según la nueva legislación, era obligatorio trabajar a través de las UDI (Unidad didáctica integrada) y eso a Aurelio le sonaba a chino, pues él no era persona que cambiara fácilmente, ya que padecía un gran y cómodo inmovilismo. Trabajar por UDI implicaría una transformación total de la Programación, casi una transmutación de su propia alma y a eso don Aurelio, le tenía muchos reparos…si me apuras, te diría que pánico, en consecuencia, haciendo uso de su habitual don de palabra, determinó que sería mejor producírselas cada uno, según su criterio y les dio un plazo de quince días. Al cabo de este tiempo aparecieron los tres interinos y Eus con sus UDI impecablemente preparadas y se las entregaron. Don Aurelio con gran euforia, se había pasado innumerables horas engullendo la nueva e infumable legislación, no le restaba tiempo para sus diarios paseos con doña Güendolina por la calle Real, no obstante, esta era feliz porque salía libremente con sus amigas, mientras que don Aurelio no comía ni dormía a cuenta de las dichosas UDI, las cuales estaban traumatizándole de por vida.
Ya solo faltaban cuarenta y ocho horas para la fatídica entrega y su estéril producción era ya evidente. Eus, buen chaval, inteligente donde los hubiera, había estado trabajando al mismo tiempo las UDI de su jefe y el último día a las nueve y media, cuando don Aurelio entró en el Departamento con cara de funeral, encontró una carpeta con la Programación completa y esta pudo ser entregada a tiempo. A partir de entonces se estableció una relación cordial entre ambos compañeros, que siguieron colaborando tres años más hasta la jubilación de Aurelio.

jueves, 3 de mayo de 2018

MA LIBERTÉ ENTRE DEUX MONDES (Chanson sans musique)



MA LIBERTÉ ENTRE DEUX MONDES
(Chanson sans musique)
Ta lueur est éteinte,
Ta fermeté est disparue,
Tu t’es encore trompé
Dans ta certitude.
Tu nous as inondés d’aigreur.
Hier mon amour a été brisé,
Ton âme s’est envolée
En nous laissant orphelins
Devant la vie.

Refrain
Approche-toi de la sagesse !
Viens vers la liberté,
Cherchons-la !
Épanouissons-nous ensemble !

Mes yeux se sont enfouis
Dans mes entrailles.
Ils sont descendus
Au temps passé.
De vieilles chansons sont montées
 Parfumer cette solitude,
Me rendant une partie de moi,
Celle qui n’a jamais été à tes côtés
Parce que tu ne la voyais pas.

Refrain
Approche-toi de la sagesse !
Viens vers la liberté,
Cherchons-la !
Épanouissons-nous ensemble !

Aujourd’hui je regarde ton souvenir de près
Et cela me fait si mal
Que les larmes aveuglent mes yeux
Elles me brulent et me vident.
Je ne te demanderai pas
Si tu veux que quelqu’un
Différent de toi partage mon destin
Je ne t’entends plus,
Tu es dans un autre monde.
Refrain
Approche-toi de la sagesse !
Viens vers la liberté,
Cherchons-la !
Épanouissons-nous ensemble. !

Lui, il le sait déjà
Demain je l’appellerai,
Il écoutera ma pensée,
Il ôtera les fils barbelés
Qui l’enfoncent dans la douleur
En lui laissant paralysé,
Sans souffle,
Enveloppé dans un voile d’anxiété
Sans amour ni affection.
Refrain
Approche-toi de la sagesse !
Viens vers la liberté,
Cherchons-la !
Épanouissons-nous ensemble !