sábado, 27 de abril de 2019

El unicornio de Lucas ( Cuento de Navidad)



EL UNICORNIO DE LUCAS


En el piso de la familia Periñán, sus miembros se afanaban preparando maletas y paquetes, en especial Lucas de siete años, hijo único. Era un niño muy querido por unos padres volcados en su trabajo de profesores. Eduardo ejercía en un colegio de Primaria, al que iba Lucas y Sara en un Instituto de Secundaria. Para esta familia gaditana asentada en Madrid por motivos laborales, las vacaciones al lado de los abuelos (Padres de Eduardo, ya que los de Sara habían fallecido en un accidente de   avión ocurrido hacía diez años), constituía un tiempo de ocio, de tranquilidad en medio de una agitada vida cotidiana, con días cargados de trabajo, que finalizaban en un piso, donde el único contacto con la naturaleza, unas macetas de un balcón que daba al asfalto y un parque a media hora de su vivienda, suponía el único respiro. Las vacaciones, sobre todo las de Navidad, eran maravillosas para Lucas. En Chiclana le esperaban sus yayos, a los que adoraba. Lucas disfrutaba del jardín, de un perro con el que jugaba, de paseos por la marisma, por la playa y además su yayo le contaba unos cuentos que Lucas, al que le gustaba mucho leer, no conocía y le apasionaban.
Las seis horas de viaje se le pasaron a Lucas en un suspiro. Los abuelos los recibieron con mucha alegría. El salón del chalé estaba presidido por un enorme árbol de Navidad cuajado de bolas de colores y espumillones, acabado en una   estrella plateada y un angelito, a cuyos pies se extendía un precioso Belén con su portal, ríos y lavanderas, esparcidos por ese supuesto campo y monte de Judea, además de un sinfín de pastorcillos y ovejas. La casa de los abuelos desprendía una gran calidez. Para Lucas era un tiempo mágico, se trataba de una felicidad invisible que llenaba ese hogar apacible.
Al día siguiente, la lluvia hizo aparición en Chiclana y los planes de ir todos juntos al mercado a comprar los alimentos para Nochebuena y Navidad fueron cambiados. Lucas y su abuelo se quedarían en casa con la promesa de que el Yayo le contaría una bonita historia de Navidad. El nieto accedió, pues le constaba que don Enrique era un buen narrador y a él le encantaban sus cuentos.
Cuando se quedaron solos abuelo y nieto se sentaron en el sofá. Don Enrique un funcionario de ayuntamiento ya jubilado, muy aficionado a la lectura, comenzó este cuento:
Había una vez una familia que tenía un hijo llamado Pedrito, este tenía la misma edad que Lucas. Vivian en una humilde casa de campo, rodeada de una pequeña huerta. Los padres de Pedrito sembraban en ella lo necesario para vivir. También tenían una vaca, un cerdo y algunas gallinas. Desde luego eran pobres, pero parecían felices. Casi a diario, mientras María, la madre de Pedrito hacía el pan y la humilde comida, Alberto, el padre de Pedrito salía a cazar, casi siempre acompañado del niño y a veces traían alguna liebre, otras alguna perdiz y así iban tirando. Pedrito amaba el bosque, de hecho, cuando su padre en ciertas ocasiones se sentaba a dormir la siesta, Pedrito se dedicaba a hablar con los árboles, a veces les cantaba en voz baja las canciones que su madre le había enseñado siendo más pequeño. Su preferida era la del Romance del prisionero:
“Que por mayo era por mayo
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor...”


Estaba Pedrito cantando esta canción, cuando a lo lejos vio aparecer un hermoso caballo blanco, que galopaba a su alrededor. De pronto Pedrito pegó un salto, pues vio que este precioso caballo tenía un…, ¿defecto?, sí, no estaba soñando, tenía un cuerno en la frente y relinchaba mirando a Pedrito con ternura. Pedrito intentó despertar a su padre para que viera, él también, ese hermoso caballo que parecía haber surgido de la nada, pero su padre
dormía como un tronco. Pedrito se acercó al caballo, que se había detenido y bajaba la cabeza para que Pedrito lo acariciara. Este animal desprendía una energía cálida que Pedrito sentía en sus manos y en su cuerpo. Tras unos momentos vividos por el niño en una especie de ensueño, sintió que alguien le daba una palmadita en el hombro. Su padre le llamaba para marcharse a casa, pero Pedrito solo fue consciente de ello al sentir la mano del progenitor, que parecía no haber visto nada.
De vuelta a casa un gran problema les esperaba, los recaudadores de impuestos se habían llevado toda su comida incluidos el cerdo, la vaca y las gallinas. Navidad se acercaba y el hambre, que las pocas verduras que quedaban en el huerto, no había podido calmar, amenazaba peligrosamente sus vidas. La caza apenas cubría las necesidades más básicas. Pero Alberto sabía tallar la madera y tenía algunas figuritas que pretendía llevar al mercado la próxima semana. María le dijo a Pedrito que este año no vendrían los Reyes Magos. Pedrito comunicó a sus padres que no pasaba nada, aunque si a papá no le importaba le gustaría que le tallara un caballito con un cuerno en la frente. Al día siguiente cuando se despertó un hermoso caballito con un cuerno en la frente, yacía en su almohada. Pedrito le dio un fuerte abrazo a su padre, al cual se le caían las lágrimas por la emoción y la tristeza de ver que su familia tenía que pasar grandes penurias por culpa de la avaricia de unos poderosos señores que vivían a costa de la gente humilde.
Pedrito le contaba sus cosas al animalito de madera que se había convertido en su confidente y compañero de juegos. Llegó por fin el día del mercado, este se encontraba en la pequeña villa, centro de la comarca a cuatro   kilómetros de la casa de Pedrito. Al amanecer salieron padre madre e hijo con un saquito de figuritas talladas exquisitamente por Alberto. Este esperaba venderlas y poder salir de la miseria. Llegaron a la plaza de la villa, ocupada por gran cantidad de mercaderías y vecinos de toda la zona. Se instalaron en un rincón de esta. La gente los miraba a ellos y a sus figuritas, pero nadie mostraba intención de comprar. Hasta que apareció un grupo formado por una mujer rubia muy elegante, de mediana edad acompañada por otra, morena de edad parecida, pero vestida más modestamente, estas eran seguidas por una mula torda que portaba una especie de silla en la que iba sentado un chico un poco mayor que Pedrito, muy elegantemente vestido, pero muy delgado y con unos ojos oscuros enmarcados en unas grandes ojeras. Se ocupaba de la mula un muchacho de librea verde, el criado sin duda. El niño pidió a su madre que se pararan delante del puesto de las figuritas. A una señal del criado la mula torda se agachó y este puso la silla en el suelo, al lado del puesto de Pedrito. El niño de las ojeras se dirigió a Pedrito:
-      Buenos días -le dijo el niño elegante
-      Buenos días- Contestó Pedrito
-      ¿Qué clase de animal es el que tienes en tu mano?
-      Es un caballo con un cuerno en la frente-repuso Pedrito
-      ¿Me dejas tocarlo?
-      Claro, toma- dijo Pedrito entregándole el caballito.
-      ¡Es precioso y muy cálido! – Dijo el niño elegante- Es un unicornio-dijo el niño de la silla-. He leído una historia sobre este caballo.
-       ¿Cómo te llamas? - le preguntó el chico elegante a Pedrito
-      Pedro, ¿y tú?
-      Yo, Raúl.
-      ¿No puedes andar? – preguntó Pedrito
-       No. Cuando era más pequeño me puse enfermo con mucha fiebre y ya no puedo andar. El médico dice que sigo enfermo.
    
Raúl extendió la mano para devolverle el juguete, pero Pedrito dijo que se lo quedase, pues él lo necesitaba más. Le preguntó que cuánto valía y Pedrito alzó los hombros por toda respuesta.
La madre de Raúl compró algunas figuritas y les preguntó a los padres de Pedrito si podrían tallarle un juego de ajedrez. Alberto respondió que sí, que lo tendría en una semana, pero que necesitaba un modelo. Quedaron en que cuando acabara el mercado se pasarían por la casa de Raúl y así lo hicieron. Fueron recibidos por doña Enriqueta, la madre de Raúl que les mostró un juego de Ajedrez, esta entregó a Alberto un papel acompañado de un carboncillo. Alberto esbozó las figuras que tenía que tallar. Mientras estaba en esto, María observaba las riquezas de esta casa noble, como correspondía a los condes de la comarca y de pronto se asustó porque por una puerta vio salir a uno de los dos recaudadores de impuestos que los habían dejado en la ruina. María pegó un pequeño grito y Doña Enriqueta le preguntó que qué le pasaba. María le contó por encima su problema. Doña Enriqueta le dijo que se lo haría saber a su esposo, Conde a la sazón de esta comarca y seguro que tomaría medidas.
A la semana siguiente, la víspera de Nochebuena, Alberto acompañado de su esposa y de su hijo llamó a la puerta de la casa noble. Una sirvienta les hizo pasar a una sala de estar. Al poco aparecieron madre e hijo acompañados esta vez del padre. Todos con una cara sonriente.
Pero cuál no sería la sorpresa de Alberto, María y Pedrito al ver a Raúl andar por sí solo con la ayuda de un bastón.
Raúl se acercó a Pedrito y le dio un caluroso abrazo.
-      Querido Pedro- dijo Raúl- Desde el día en que me diste el unicornio, empecé a sentirme mejor, y he comenzado a andar.
-      Es cierto- declaró doña Enriqueta- Es como si el frío que invadía el cuerpo de mi hijo se hubiera marchado, devolviéndole la salud.
-      Perdonad- interrumpió Raúl- Este es mi padre
-      Me alegro de conocerlos, y les agradezco la felicidad que han traído a esta casa – se congratuló el señor conde.
-      ¿No olvidas algo Alfonso? - Interrumpió doña Enriqueta.
-      ¡Ah sí! - Contestó don Alfonso- He despedido y llevado ante la justicia   a mis dos recaudadores, pues estaban robando a todos los campesinos de la comarca, ya que solo pueden cobrar un diezmo de la producción de las granjas y no toda. -Al decir esto, entregó una bolsa de dinero a Alberto diciendo:
-      Esto os pertenece.
-      Me gustaría ver ese juego de Ajedrez que me habéis traído – dijo la Condesa.
Alberto lo sacó y lo expuso encima de la mesa. En verdad era una maravilla y tanto don Alfonso como doña Enriqueta se quedaron boquiabiertos ante tanta delicadeza de formas.  Doña Enriqueta susurró algo al oído de su marido. Tras unos instantes, esta les propuso quedarse a pasar la Nochebuena y la Navidad con ellos. Raúl estaba muy contento de poder compartir una fiesta tan entrañable con su nuevo amigo. A Pedrito también le encantaba la idea.
 Los dos días de fiesta transcurrieron felices para la familia noble y la campesina. Don Alfonso le ofreció un trabajo de carpintero a Alberto, además propuso a los padres de Pedrito que el niño estudiara al lado de su hijo. Con el tiempo Raúl y Pedrito se convertirían en amigos inseparables y tendrían un buen futuro juntos. Y fueron felices y comieron perdices y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
      El abuelo Enrique acabó el cuento y el nieto maravillado por esta hermosa historia, le dijo al abuelo:
-      ¿Sabes abuelo lo que voy a pedir a los Reyes Magos este año? Un Unicornio y solo eso.
-      Pero ¿Sabes una cosa Lucas? – Repuso el abuelo- La magia del unicornio solo funciona con las buenas personas, con las limpias de corazón.
-      Yo lo seré, seré bueno abuelo y diciendo esto Lucas le dio un fuerte abrazo a su yayo.


Don Aurelio y las UDI (Relato con 9 palabras que contienen las 5 vocales)


DON AURELIO Y LAS UDI



Don Aurelio era un señor de mediana edad. Define “mediana edad”, pues alguien con ¿Cincuenta y tantos? Lo dejaremos en “taitantos”. A simple vista se mostraba como una persona cortés que sabía muy bien qué palabras utilizar y cuándo utilizarlas. Se dedicaba a la enseñanza de Historia en un Instituto de Secundaria y Bachillerato en una pequeña ciudad. Sin duda tenía buen concepto de sí mismo, pues cuando se miraba al espejo sonreía subrepticiamente, muy pagado de sí mismo. Todas las tardes, tras dormir una “siestorra” de más de dos horas mientras su mujer arreglaba la cocina y veía su novela, la cogía del brazo, no sin antes animarla, por no decir, obligarla a que se vistiera con sus mejores galas. Siempre salían a pasear a lo largo de la calle Real, pavoneándose y luciéndola, pues, a pesar de que doña Güendolina era casi tan mayor como él, aún estaba de buen ver. Todo esto ocurría a diario, salvo los sábados por la tarde que don Aurelio se lo reservaba a sus amigos para jugar una partidita de cartas o dominó en el casino. Cualquiera presupondría que don Aurelio era un hombre feliz. No os engañéis, y ya lo decía Einstein: “Todo es relativo”. Siempre habría alguien mejor que él, más joven, más guapo, más listo, que además sería un hacha en informática, o sea, su nuevo compañero de Departamento, recién salidito del horno de las oposiciones. Este era un chaval moderno, simpático y con don de gentes, aunque su nombre sonase a antiguo, Eustaquio. Al chico le agradaba llamarse como su abuelo y su padre, porque sabía el significado de dicho nombre de origen griego, fértil o fecundo. Los alumnos que lo trataban casi de igual a igual lo llamaban Eus.
Don Aurelio, al cual era difícil apearle del “don”, había reinado en su Departamento como jefe entre interinos. Ahora temía ser destronado poco a poco por este joven.
A principios de curso Eus, que evidentemente aún no era jefe de Departamento, instó a don Aurelio a que hiciera cambios significativos en la Programación. Eus le decía que, según la nueva legislación, era obligatorio trabajar a través de las UDI (Unidad didáctica integrada) y eso a Aurelio le sonaba a chino, pues él no era persona que cambiara fácilmente, ya que padecía un gran y cómodo inmovilismo. Trabajar por UDI implicaría una transformación total de la Programación, casi una transmutación de su propia alma y a eso don Aurelio, le tenía muchos reparos…si me apuras, te diría que pánico, en consecuencia, haciendo uso de su habitual don de palabra, determinó que sería mejor producírselas cada uno, según su criterio y les dio un plazo de quince días. Al cabo de este tiempo aparecieron los tres interinos y Eus con sus UDI impecablemente preparadas y se las entregaron. Don Aurelio con gran euforia, se había pasado innumerables horas engullendo la nueva e infumable legislación, no le restaba tiempo para sus diarios paseos con doña Güendolina por la calle Real, no obstante, esta era feliz porque salía libremente con sus amigas, mientras que don Aurelio no comía ni dormía a cuenta de las dichosas UDI, las cuales estaban traumatizándole de por vida.
Ya solo faltaban cuarenta y ocho horas para la fatídica entrega y su estéril producción era ya evidente. Eus, buen chaval, inteligente donde los hubiera, había estado trabajando al mismo tiempo las UDI de su jefe y el último día a las nueve y media, cuando don Aurelio entró en el Departamento con cara de funeral, encontró una carpeta con la Programación completa y esta pudo ser entregada a tiempo. A partir de entonces se estableció una relación cordial entre ambos compañeros, que siguieron colaborando tres años más hasta la jubilación de Aurelio.