miércoles, 25 de septiembre de 2019

¿DE DÓNDE SOY? (Narración)


¿DE DÓNDE SOY?


Cuando se conoce a alguien, tras un intercambio de preguntas y respuestas, siempre se desemboca en la fatal incógnita: “¿De dónde eres?”  ¿Cómo contesto yo a esto? No sé si mi interlocutor/ interlocutora, querría escuchar la historia de mi vida, o a lo mejor solo le interesaría una respuesta concisa: “soy extremeña”, o una más larga, después de calibrar yo, si la persona es merecedora de tal contestación, porque llegados aquí, estaría obligada a filosofar, pero desgraciadamente, no todos saben cómo realizar esta acción. Supongamos que me decido por la respuesta larga: “Nací en Melilla”. Estaría de suerte si la persona en cuestión no me preguntara: “¿Eres mora?” Se supone que, si he elegido la respuesta larga, es porque entiendo que no me van a venir con tal estupidez, teniendo en cuenta que el nombre era la primera información sobre mí, obtenida por el interlocutor. Una vez metidos en faena en lo de descifrar esto de la procedencia, reconozco que dicha ciudad es la que figura en mi partida de nacimiento, pero no puedo contar nada de mi propia experiencia sobre esta, ya que la abandoné con tres años, a excepción de todo lo que mis padres y mis hermanos me habían contado, además de algunas viejas fotos que andan por casa. Del pueblito extremeño llamado Carcaboso en el que desembarcamos, sin tomarnos al pie de la letra el verbo” desembarcar”, pues, en él, como es evidente, no existe ningún mar, ni siquiera un gran río navegable como el Guadalquivir, aunque sí el río Jerte. Como os decía, de este pueblito conservo ciertos flases en blanco y negro de muchos momentos, que me parecen felices en su mayoría. El río Jerte también pasa por Plasencia, siguiente lugar en el que nos instalamos toda la familia tres años después. Si de algún sitio empiezo a guardar buenos y malos recuerdo, es de esta ciudad donde estudié la Primaria y el Bachillerato, por cuyas calles corrí y me hice adolescente. Mi primer amor se quedó en el aire del cielo azul que recorría las murallas medievales, que la envolvían en el asfixiante verano y la resguardaban del frío invierno. El acento de mi forma de hablar español se forjó allí. A continuación, vino la ciudad estrella: Salamanca. En ella realicé mis estudios de Filología Francesa. Digo la ciudad estrella, porque a sus piedras rosadas pertenecen mis mejores vivencias y no me digáis que aún me quedan muchas cosas buenas por vivir, porque actualmente estoy en mi etapa de madurez, por no decir en la tercera edad, de hecho, si quisiera, viajaría con el Imserso… Salamanca permanece en mi mente, junto con los mejores amigos, que recientemente he recuperado gracias a las redes sociales. Me imagino que he idealizado muchas realidades de este tiempo, pero el recuerdo me habla de las primaveras vividas allí. Veo muchas imágenes unidas al perfume de las flores, a los sonidos de las canciones que cantábamos acompañados de una guitarra y de las noches en blanco acabadas en la contemplación del amanecer a orillas del Tormes. Los cinco años de Salamanca también están asociados con mis viajes a Francia en verano, a saber, empleos de au pair, de colonias de vacaciones, cursos de verano…Luego: oposiciones, trabajo…  Poco después, por amor, mi larga inmersión en otra cultura… Si tuviera que volver a este último tiempo, querría no haber nacido. Afortunadamente, todo acabó ¿bien? No sabría qué decir… porque ahora me doy cuenta de que el “¿De dónde era?”, se ha convertido en un enigma difícil de desentrañar, aún hoy cuando describo esta vieja inquietud.


miércoles, 18 de septiembre de 2019

CARTA PARA MI HIJA AUSENTE,( seguido del poema) YO NO ESTABA





CARTA PARA MI HIJA AUSENTE

Mi querida hija:
Nunca fui capaz de expresar mis sentimientos cara a cara. El hacerlo no entra dentro de mis habilidades. Cuando la emoción me invade, existe en mi cerebro un resorte que me aniquila el razonamiento y las palabras se niegan a salir. Ahora, cuando han pasado más de ocho años desde nuestra última conversación por teléfono, me resulta imposible seguir viviendo sin tenerte cerca.
 ¿Qué nos pasó, por qué te fuiste de mi lado? Me he hecho estas preguntas miles de veces durante el insomnio de numerosas noches sin ti. No sé quién tuvo la culpa, o cuál fue la causa.  Por mi parte, he pensado en mil razones maternas e, incluso, he visto una mano negra impidiendo que tú y yo siguiéramos nuestros diferentes caminos juntas.
Acabo de conseguir tu dirección a través de una amiga tuya, a la que llamaba de vez en cuando. Gracias a ella, he sabido que no te iba mal, que además de trabajar estabas estudiando. Yo he seguido con mi vida, aunque no hubo ni un solo día que no me inquietara por ti. Ya me estoy haciendo mayor, lo sé por las fotos de hace más de ocho años, donde estábamos juntas en cumpleaños, paseos…. Cuando las miro, recuerdo esos momentos como si fuera ahora, pero sé que el tiempo no me ha perdonado porque los espejos me lo dicen cada mañana. Muchas arrugas surcan mi cuerpo… no quiero seguir llorando, voy a mandarte esta carta y a rogarte que volvamos a empezar, porque mi amor por ti sigue intacto. Espero, hija mía, tener la suficiente sabiduría para que nos reencontremos y sigamos juntas hasta el final de mis días.
Con amor.
Tu madre


YO NO ESTABA
No sé cómo he podido
 vivir sin ti tantos años
¿Qué nos separó?
Me sentí enmudecer,
cuando tu boca esparcía
miles de reproches,
como lluvia ácida que helaban
mis palabras de madre
¿Qué les pasó a los sentimientos?
Quizás se derramaron por el suelo,
resbalando por la casa
ocultos bajo las penas,
pero mi voz también se perdió.
El tiempo no ha conseguido
curar tu ausencia.
Andaba a oscuras,
sin saber a dónde ir,
sin encontrarte,
intentando olvidar
que tú no te hallabas,
que yo me perdía
en una felicidad vana.
La oscuridad dominaba mi vida.

Yo tampoco me hallaba,
Solo regresaría,
si tú regresaras.