¿DE DÓNDE SOY?
Cuando se conoce a alguien, tras
un intercambio de preguntas y respuestas, siempre se desemboca en la fatal incógnita:
“¿De dónde eres?” ¿Cómo contesto yo a
esto? No sé si mi interlocutor/ interlocutora, querría escuchar la historia de
mi vida, o a lo mejor solo le interesaría una respuesta concisa: “soy
extremeña”, o una más larga, después de calibrar yo, si la persona es
merecedora de tal contestación, porque llegados aquí, estaría obligada a
filosofar, pero desgraciadamente, no todos saben cómo realizar esta acción. Supongamos
que me decido por la respuesta larga: “Nací en Melilla”. Estaría de suerte si
la persona en cuestión no me preguntara: “¿Eres mora?” Se supone que, si he
elegido la respuesta larga, es porque entiendo que no me van a venir con tal estupidez,
teniendo en cuenta que el nombre era la primera información sobre mí, obtenida
por el interlocutor. Una vez metidos en faena en lo de descifrar esto de la
procedencia, reconozco que dicha ciudad es la que figura en mi partida de
nacimiento, pero no puedo contar nada de mi propia experiencia sobre esta, ya
que la abandoné con tres años, a excepción de todo lo que mis padres y mis
hermanos me habían contado, además de algunas viejas fotos que andan por casa.
Del pueblito extremeño llamado Carcaboso en el que desembarcamos, sin tomarnos
al pie de la letra el verbo” desembarcar”, pues, en él, como es evidente, no
existe ningún mar, ni siquiera un gran río navegable como el Guadalquivir,
aunque sí el río Jerte. Como os decía, de este pueblito conservo ciertos flases
en blanco y negro de muchos momentos, que me parecen felices en su mayoría. El
río Jerte también pasa por Plasencia, siguiente lugar en el que nos instalamos
toda la familia tres años después. Si de algún sitio empiezo a guardar buenos y
malos recuerdo, es de esta ciudad donde estudié la Primaria y el Bachillerato,
por cuyas calles corrí y me hice adolescente. Mi primer amor se quedó en el
aire del cielo azul que recorría las murallas medievales, que la envolvían en
el asfixiante verano y la resguardaban del frío invierno. El acento de mi forma
de hablar español se forjó allí. A continuación, vino la ciudad estrella:
Salamanca. En ella realicé mis estudios de Filología Francesa. Digo la ciudad estrella,
porque a sus piedras rosadas pertenecen mis mejores vivencias y no me digáis
que aún me quedan muchas cosas buenas por vivir, porque actualmente estoy en mi
etapa de madurez, por no decir en la tercera edad, de hecho, si quisiera,
viajaría con el Imserso… Salamanca permanece en mi mente, junto con los mejores
amigos, que recientemente he recuperado gracias a las redes sociales. Me
imagino que he idealizado muchas realidades de este tiempo, pero el recuerdo me
habla de las primaveras vividas allí. Veo muchas imágenes unidas al perfume de
las flores, a los sonidos de las canciones que cantábamos acompañados de una
guitarra y de las noches en blanco acabadas en la contemplación del amanecer a
orillas del Tormes. Los cinco años de Salamanca también están asociados con mis
viajes a Francia en verano, a saber, empleos de au pair, de colonias de
vacaciones, cursos de verano…Luego: oposiciones, trabajo… Poco después, por amor, mi larga inmersión en
otra cultura… Si tuviera que volver a este último tiempo, querría no haber
nacido. Afortunadamente, todo acabó ¿bien? No sabría qué decir… porque ahora me
doy cuenta de que el “¿De dónde era?”, se ha convertido en un enigma difícil de
desentrañar, aún hoy cuando describo esta vieja inquietud.

