DON
AURELIO Y LAS UDI
Don Aurelio era un señor de mediana edad. Define
“mediana edad”, pues alguien con ¿Cincuenta y tantos? Lo dejaremos en
“taitantos”. A simple vista se mostraba como una persona cortés que sabía muy
bien qué palabras utilizar y cuándo utilizarlas. Se dedicaba a la enseñanza de
Historia en un Instituto de Secundaria y Bachillerato en una pequeña ciudad.
Sin duda tenía buen concepto de sí mismo, pues cuando se miraba al espejo
sonreía subrepticiamente, muy pagado de sí mismo. Todas las tardes, tras dormir
una “siestorra” de más de dos horas mientras su mujer arreglaba la cocina y
veía su novela, la cogía del brazo, no sin antes animarla, por no decir,
obligarla a que se vistiera con sus mejores galas. Siempre salían a pasear a lo
largo de la calle Real, pavoneándose y luciéndola, pues, a pesar de que doña Güendolina era casi tan mayor como él, aún
estaba de buen ver. Todo esto ocurría a diario, salvo los sábados por la tarde que
don Aurelio se lo reservaba a sus amigos para jugar una partidita de cartas o
dominó en el casino. Cualquiera presupondría que don Aurelio era un hombre feliz. No os engañéis, y
ya lo decía Einstein: “Todo es relativo”. Siempre habría alguien mejor que él,
más joven, más guapo, más listo, que además sería un hacha en informática, o
sea, su nuevo compañero de Departamento, recién salidito del horno de las
oposiciones. Este era un chaval moderno, simpático y con don de gentes, aunque
su nombre sonase a antiguo, Eustaquio.
Al chico le agradaba llamarse como su abuelo y su padre, porque sabía el
significado de dicho nombre de origen griego, fértil o fecundo. Los alumnos que
lo trataban casi de igual a igual lo llamaban Eus.
Don Aurelio, al cual era difícil
apearle del “don”, había reinado en su Departamento como jefe entre interinos. Ahora
temía ser destronado poco a poco por este joven.
A principios de curso Eus, que
evidentemente aún no era jefe de Departamento, instó a don Aurelio a que hiciera
cambios significativos en la Programación. Eus le decía que, según la nueva
legislación, era obligatorio trabajar a través de las UDI (Unidad didáctica
integrada) y eso a Aurelio le sonaba a chino, pues él no era persona que
cambiara fácilmente, ya que padecía un gran y cómodo inmovilismo. Trabajar por
UDI implicaría una transformación total de la Programación, casi una transmutación de su propia
alma y a eso don Aurelio, le tenía muchos reparos…si me apuras, te diría que
pánico, en consecuencia, haciendo uso de su habitual don de palabra, determinó
que sería mejor producírselas
cada uno, según su criterio y les dio un plazo de quince días. Al cabo de este
tiempo aparecieron los tres interinos y Eus con sus UDI impecablemente
preparadas y se las entregaron. Don Aurelio con gran euforia, se había pasado innumerables horas
engullendo la nueva e infumable legislación, no le restaba tiempo para sus
diarios paseos con doña Güendolina por la calle Real, no obstante, esta era
feliz porque salía libremente con sus amigas, mientras que don Aurelio no comía
ni dormía a cuenta de las dichosas UDI, las cuales estaban traumatizándole de por vida.
Ya solo faltaban cuarenta y ocho
horas para la fatídica entrega y su estéril producción era ya evidente. Eus,
buen chaval, inteligente donde los hubiera, había estado trabajando al mismo
tiempo las UDI de su jefe y el último día a las nueve y media, cuando don
Aurelio entró en el Departamento con cara de funeral, encontró una carpeta con la
Programación completa y esta pudo ser entregada a tiempo. A partir de entonces
se estableció una relación cordial entre ambos compañeros, que siguieron
colaborando tres años más hasta la jubilación de Aurelio.

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