LA
BUENA VECINDAD
La noche no podía ser más
terrible, negra y estruendosa. El viento de Levante azotaba sin piedad las
casas humildes del barrio hebreo. Carmen pensaba que sería incapaz de soportar
una noche más, tan sola, en esa ciudad del norte de África, en la que le había
tocado vivir porque el destino de su marido así lo requería. La humilde
mentalidad de mujer rural, que había salido por primera vez de su pueblito
extremeño, nueve años después de la guerra fratricida en la que tantas familias
y vecinos se habían roto y enemistado por ideas ininteligibles. Carmen no
comprendía la idiosincrasia de Melilla, que se le antojaba extraña y hostil.
Temía ser engañada y estafada. En la calle de su barrio lucía una expresión
huraña, siempre sería, por supuesto, no confraternizaba con sus vecinos. Únicamente
se sentía segura cuando la acompañaba su marido. La única certeza era el
trabajo de este, sustento de la familia, de dos niños: Jose de cuatro años y
Juani de dos. Ahora dormían ajenos a la lucha que libraba el mar contra esta
ciudad africana. Su marido, ya sargento, llevaba más de 20 días en las islas
Chafarinas haciendo las guardias pertinentes, no volvería hasta el 24 de
diciembre. Ella no quería quejarse, porque nunca había tenido una vida fácil,
pero trasladarse a Melilla desde su pueblo. Primero ese viaje en el coche de su
primo hasta Málaga y luego ocho horas de barco y para más Inri, no les había
quedado más remedio que instalarse en un barrio donde pululaban únicamente hebreos
y algunos moros, los españoles no abundaban. A Carmen se le hacía cuesta arriba
el día a día con sus vecinos, a los que de entrada no entendía muy bien porque
no hablaban en cristiano. Además, muy buena gente no sería. De hecho, los
judíos habían matado a Jesús y además tenían fama de avaros y usureros. No eran
gente de fiar-pensaba siempre- porque ya lo decía el refrán: “Cuando el río
suena agua lleva”. Pero si la guerra esa de Europa había sido por su culpa,
algo de razón habría en ello. Serían más o menos las doce y Carmen sentada en
la mesa camilla, al calor del brasero, doblaba ropa, invadida por estos oscuros
pensamientos que no la conducían a ningún puerto y se asemejaban a la tempestad
que el mar libraba en la costa melillense. De repente un fuerte estruendo le
hizo salir de su ensimismamiento. El corazón se le salía del pecho y se puso a
temblar, fue corriendo al dormitorio donde los niños lloraban, pero no vio
nada, sin embargo, la cocina se había abierto de parte a parte y un montón de
escombros la ocupaban, esta daba al Este y no había podido soportar el envite
del aire frío, que ahora entraba a raudales por la casa. Carmen no sabía qué
hacer y se echó a llorar, solo pudo coger a sus niños y encerrarse en el
dormitorio a esperar que pasase el temporal, pero hacía mucho frío, no sabía si
podrían soportarlo. Temía que la casa entera se les cayera encima. De repente
escuchó unos fuertes golpes en la puerta de la calle. Una voz de mujer con un
acento raro estaba detrás. La voz insistía:
-
Señora, señora ¿Están ustedes bien? - y aporreaba
la puerta con insistencia- Soy Raquel su vecina de al lado.
Carmen le abrió llorando-Sí, estamos bien, pero la casa se cae
a trozos.
-Corre coge a tus niños y vente a
la mía que es más fuerte porque el año pasado me la arreglaron y no hay
peligro.
Carmen le puso a Jose un abrigo y
Raquel lo tomó de la mano. Envolvió a Juani en una manta cogiéndola en brazos.
Carmen cerró la puerta y salieron a toda prisa de la casa, que mostraba sus
fauces abiertas.
Raquel le dijo que era viuda,
pues a su marido se lo tragó el mar en una noche parecida a esa, hacía seis
años. Esta hizo pasar a sus vecinos a un saloncito forrado con una alfombra
donde una mesa baja y tres catres pegados a la pared, que por el día servían
como sofás y por la noche podían convertirse en improvisadas camas para
posibles invitados, constituían el único mobiliario de la estancia. Las paredes
lucían un alegre color azul. Se respiraba un ambiente cálido con un leve olor a
especias. Les ofreció a los niños un vaso de leche caliente endulzado con miel
con el propósito de que pudieran conciliar de nuevo el sueño. Para ellas dos,
trajo unas tazas de hierbaluisa, que endulzaron también con miel. Los niños
estaban muy nerviosos y lloriqueaban sin querer dormir. Raquel les preguntó si
les gustaban las canciones y ellos la miraban con extrañeza. Preguntó a Carmen
si podía cantarles una canción, esta asintió con la cabeza.
Raquel empezó a cantar con una
voz suave y melodiosa:
- Abridme
galanica
que ya amanece.
- Abrir ya vos abro
mi lindo amor,
la noche yo non durmo
pensando en vos.
Mi padre está meldando
nos oyerá
- Amatadle la candela
así se echará.
- Mi madre está enfornando
nos oyerá.
-Arrubadle la palica
así se durmirá.
que ya amanece.
- Abrir ya vos abro
mi lindo amor,
la noche yo non durmo
pensando en vos.
Mi padre está meldando
nos oyerá
- Amatadle la candela
así se echará.
- Mi madre está enfornando
nos oyerá.
-Arrubadle la palica
así se durmirá.
Cuando Raquel hubo terminado su
dulce canción, los niños dormían plácidamente. Carmen preguntó por la canción a
Raquel, esta le dijo que se la enseñó su madre cuando era pequeña. Los padres
de Raquel se instalaron en el barrio hebreo, cuando se creó en 1905 para dar
cobijo a las familias judías expulsadas de Taza por el Rghi Bu Hamara en 1902.
-Yo nací aquí y mi hermano
también, pero ahora él está en Nueva York y se dedica al comercio, hace diez
años que no lo veo. Tras la muerte de mi Elías, él me manda todos los meses un
giro para que pueda vivir y no para de repetirme que por qué no me voy a vivir
con él a Nueva York. Pero le tengo apego a esta tierra, a esta casa, que fue la
de mis padres y a este mar que guarda el alma de mi querido esposo.
Por la mañana, el día amaneció
soleado. Raquel los despertó con un espléndido bizcocho que ella llamaba pan
esponyado y unas tazas humeantes
de leche para los niños. Ellas tomaron un café que a Carmen le supo a gloria.
Después se marcharon juntas a la
tienda de Samuel para comprar comida. La casa de Carmen permanecía cerrada por
la parte de delante, aunque por detrás estaba derruida. La ciudad ofrecía un
aspecto desolador, palmeras caídas en mitad de la calle, cristales rotos, muros
derrumbados.
Samuel les puso al tanto, pues
había escuchado en el parte de la radio lo ocurrido en aquella fatídica noche
del 12 al 13 de diciembre de 1949. El general Galera, jefe accidental del
Cuerpo de Ejército del Maestrazgo, había facilitado diversos pabellones
militares para refugio de los que quedaron sin vivienda. Dice el alcalde que
hasta el momento los datos que se tenían eran incompletos sobre víctimas y
daños. Se sabe que se han perdido cinco pailebotes, dos barcos de arrastre,
diez traínas y dos palangreros, con catorce víctimas. También han sido
derribadas nueve viviendas y otras muchas han tenido que ser desalojadas ante
la amenaza de ruina, y que ha habido seis muertos y varios heridos.
Raquel compró huevos, calabacines
y medio kilo de carne picada de cordero kosher
para preparar calabacines rellenos. En primer lugar, se pusieron a elaborar pan
ázimo, Raquel le explico que este pan se elaboraba con harina, sal y agua, pero
sin levadura. Lo iban a cocer en una sartén, como así fue. Luego lavó los
calabacines y los cortó en gruesas rodajas que vació en el centro, previamente
había aliñado la carne picada con especias: canela, pimienta, comino, azafrán,
culantro, perejil y ajo. Rellenó los calabacines y los dispuso en una cazuela
de barro con cebolla perejil y tomate rallado, cubierto de agua. Lo puso en el
fuego hasta que se coció. Carmen no salía de su asombro, pues jamás había visto
una comida parecida.
Raquel era amable y considerada, no permitió
que Carmen y los niños se marcharan a los pabellones militares habilitados para
la gente sin hogar. Carlos, el marido de Carmen llegó de la guardia en las
Chafarinas el día 24 de diciembre y encontró a su mujer feliz en casa de la
vecina hebrea. Rápidamente consiguió, primero una habitación en residencia
militar y luego un buen piso donde vivir decentemente.
Nunca más Carmen pensó mal de
nadie por diferente que fuera. Todos los refranes pertenecen a la sabiduría
popular, pero se equivocan muchas veces con respecto a las personas, ya que la
bondad, al igual que la maldad, no son patrimonio de ninguna raza, ni pueblo.

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