miércoles, 15 de mayo de 2019

La buena vecindad (Relato)





LA BUENA VECINDAD

La noche no podía ser más terrible, negra y estruendosa. El viento de Levante azotaba sin piedad las casas humildes del barrio hebreo. Carmen pensaba que sería incapaz de soportar una noche más, tan sola, en esa ciudad del norte de África, en la que le había tocado vivir porque el destino de su marido así lo requería. La humilde mentalidad de mujer rural, que había salido por primera vez de su pueblito extremeño, nueve años después de la guerra fratricida en la que tantas familias y vecinos se habían roto y enemistado por ideas ininteligibles. Carmen no comprendía la idiosincrasia de Melilla, que se le antojaba extraña y hostil. Temía ser engañada y estafada. En la calle de su barrio lucía una expresión huraña, siempre sería, por supuesto, no confraternizaba con sus vecinos. Únicamente se sentía segura cuando la acompañaba su marido. La única certeza era el trabajo de este, sustento de la familia, de dos niños: Jose de cuatro años y Juani de dos. Ahora dormían ajenos a la lucha que libraba el mar contra esta ciudad africana. Su marido, ya sargento, llevaba más de 20 días en las islas Chafarinas haciendo las guardias pertinentes, no volvería hasta el 24 de diciembre. Ella no quería quejarse, porque nunca había tenido una vida fácil, pero trasladarse a Melilla desde su pueblo. Primero ese viaje en el coche de su primo hasta Málaga y luego ocho horas de barco y para más Inri, no les había quedado más remedio que instalarse en un barrio donde pululaban únicamente hebreos y algunos moros, los españoles no abundaban. A Carmen se le hacía cuesta arriba el día a día con sus vecinos, a los que de entrada no entendía muy bien porque no hablaban en cristiano. Además, muy buena gente no sería. De hecho, los judíos habían matado a Jesús y además tenían fama de avaros y usureros. No eran gente de fiar-pensaba siempre- porque ya lo decía el refrán: “Cuando el río suena agua lleva”. Pero si la guerra esa de Europa había sido por su culpa, algo de razón habría en ello. Serían más o menos las doce y Carmen sentada en la mesa camilla, al calor del brasero, doblaba ropa, invadida por estos oscuros pensamientos que no la conducían a ningún puerto y se asemejaban a la tempestad que el mar libraba en la costa melillense. De repente un fuerte estruendo le hizo salir de su ensimismamiento. El corazón se le salía del pecho y se puso a temblar, fue corriendo al dormitorio donde los niños lloraban, pero no vio nada, sin embargo, la cocina se había abierto de parte a parte y un montón de escombros la ocupaban, esta daba al Este y no había podido soportar el envite del aire frío, que ahora entraba a raudales por la casa. Carmen no sabía qué hacer y se echó a llorar, solo pudo coger a sus niños y encerrarse en el dormitorio a esperar que pasase el temporal, pero hacía mucho frío, no sabía si podrían soportarlo. Temía que la casa entera se les cayera encima. De repente escuchó unos fuertes golpes en la puerta de la calle. Una voz de mujer con un acento raro estaba detrás. La voz insistía:
-      Señora, señora ¿Están ustedes bien? - y aporreaba la puerta con insistencia- Soy Raquel su vecina de al lado.
Carmen le abrió llorando-Sí, estamos bien, pero la casa se cae a trozos.
-Corre coge a tus niños y vente a la mía que es más fuerte porque el año pasado me la arreglaron y no hay peligro.
Carmen le puso a Jose un abrigo y Raquel lo tomó de la mano. Envolvió a Juani en una manta cogiéndola en brazos. Carmen cerró la puerta y salieron a toda prisa de la casa, que mostraba sus fauces abiertas.
Raquel le dijo que era viuda, pues a su marido se lo tragó el mar en una noche parecida a esa, hacía seis años. Esta hizo pasar a sus vecinos a un saloncito forrado con una alfombra donde una mesa baja y tres catres pegados a la pared, que por el día servían como sofás y por la noche podían convertirse en improvisadas camas para posibles invitados, constituían el único mobiliario de la estancia. Las paredes lucían un alegre color azul. Se respiraba un ambiente cálido con un leve olor a especias. Les ofreció a los niños un vaso de leche caliente endulzado con miel con el propósito de que pudieran conciliar de nuevo el sueño. Para ellas dos, trajo unas tazas de hierbaluisa, que endulzaron también con miel. Los niños estaban muy nerviosos y lloriqueaban sin querer dormir. Raquel les preguntó si les gustaban las canciones y ellos la miraban con extrañeza. Preguntó a Carmen si podía cantarles una canción, esta asintió con la cabeza.
Raquel empezó a cantar con una voz suave y melodiosa:
- Abridme galanica
que ya amanece.
- Abrir ya vos abro
mi lindo amor,
la noche yo non durmo
pensando en vos.
Mi padre está meldando
nos oyerá
- Amatadle la candela
así se echará.
- Mi madre está enfornando
nos oyerá.
-Arrubadle la palica
así se durmirá.
Cuando Raquel hubo terminado su dulce canción, los niños dormían plácidamente. Carmen preguntó por la canción a Raquel, esta le dijo que se la enseñó su madre cuando era pequeña. Los padres de Raquel se instalaron en el barrio hebreo, cuando se creó en 1905 para dar cobijo a las familias judías expulsadas de Taza por el Rghi Bu Hamara en 1902.
-Yo nací aquí y mi hermano también, pero ahora él está en Nueva York y se dedica al comercio, hace diez años que no lo veo. Tras la muerte de mi Elías, él me manda todos los meses un giro para que pueda vivir y no para de repetirme que por qué no me voy a vivir con él a Nueva York. Pero le tengo apego a esta tierra, a esta casa, que fue la de mis padres y a este mar que guarda el alma de mi querido esposo.
Por la mañana, el día amaneció soleado. Raquel los despertó con un espléndido bizcocho que ella llamaba pan esponyado y unas tazas humeantes de leche para los niños. Ellas tomaron un café que a Carmen le supo a gloria.
Después se marcharon juntas a la tienda de Samuel para comprar comida. La casa de Carmen permanecía cerrada por la parte de delante, aunque por detrás estaba derruida. La ciudad ofrecía un aspecto desolador, palmeras caídas en mitad de la calle, cristales rotos, muros derrumbados.
Samuel les puso al tanto, pues había escuchado en el parte de la radio lo ocurrido en aquella fatídica noche del 12 al 13 de diciembre de 1949. El general Galera, jefe accidental del Cuerpo de Ejército del Maestrazgo, había facilitado diversos pabellones militares para refugio de los que quedaron sin vivienda. Dice el alcalde que hasta el momento los datos que se tenían eran incompletos sobre víctimas y daños. Se sabe que se han perdido cinco pailebotes, dos barcos de arrastre, diez traínas y dos palangreros, con catorce víctimas. También han sido derribadas nueve viviendas y otras muchas han tenido que ser desalojadas ante la amenaza de ruina, y que ha habido seis muertos y varios heridos.
Raquel compró huevos, calabacines y medio kilo de carne picada de cordero   kosher para preparar calabacines rellenos. En primer lugar, se pusieron a elaborar pan ázimo, Raquel le explico que este pan se elaboraba con harina, sal y agua, pero sin levadura. Lo iban a cocer en una sartén, como así fue. Luego lavó los calabacines y los cortó en gruesas rodajas que vació en el centro, previamente había aliñado la carne picada con especias: canela, pimienta, comino, azafrán, culantro, perejil y ajo. Rellenó los calabacines y los dispuso en una cazuela de barro con cebolla perejil y tomate rallado, cubierto de agua. Lo puso en el fuego hasta que se coció. Carmen no salía de su asombro, pues jamás había visto una comida parecida.
 Raquel era amable y considerada, no permitió que Carmen y los niños se marcharan a los pabellones militares habilitados para la gente sin hogar. Carlos, el marido de Carmen llegó de la guardia en las Chafarinas el día 24 de diciembre y encontró a su mujer feliz en casa de la vecina hebrea. Rápidamente consiguió, primero una habitación en residencia militar y luego un buen piso donde vivir decentemente.
Nunca más Carmen pensó mal de nadie por diferente que fuera. Todos los refranes pertenecen a la sabiduría popular, pero se equivocan muchas veces con respecto a las personas, ya que la bondad, al igual que la maldad, no son patrimonio de ninguna raza, ni pueblo.





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