
Hola, me llamo Puri
y mi marido Carlos. Acabamos de comprar una casa en Chiclana de la
Frontera. ¿Conocéis Chiclana?... No,… no
es mi tierra. No soy gaditana. Que de dónde soy. Yo también me lo he preguntado
muchas veces. Supongo que quien soy, es un “rebujo”, como reza en la entrada de
nuestra vivienda. Supongo que soy una
amalgama de componentes diversos. Nací en Melilla, que ninguna huella dejó en
mí. Al cumplir yo los tres años, nos
fuimos de allí, porque mi padre se iba a
la reserva (no a la de los indios) a la del ejército. El Ministerio de Defensa
a finales de los cincuenta dio esa opción a los militares que quisieran irse
antes de la edad reglamentaria. No sé, quizás hubiera un excedente de aquellos
soldados que, al terminar la guerra, hicieron de la mili su profesión. Si se iban,
les prometían destinos civiles, como así fue para mi progenitor que aún era
joven. Probablemente no habría nada de
este lugar que perdurase en mí, sino fuera por los recuerdos trasmitidos a
través de mis padres y las escasas fotos en las que aparecemos en la ciudad
norteafricana. Más adelante, iría a Melilla en una corta visita turística. Sin embargo, de aquel
pueblo extremeño, Carcaboso, de donde procedía mi familia, al cual regresamos todos, mis hermanos
adolescentes aún, y yo muy pequeña, me vienen a la memoria ciertos flases muy
significativos que me han dejado felices recuerdos… Bueno Puri, ya está bien,
“siempre te desvías del tema”, me lo digo a misma, en lugar de mi marido, que muy a menudo, me
insta a ir al grano, y no sin razón, pero qué queréis que os diga, me encanta contar cosas de mi vida, yo
comprendo que él necesite silencio cuando llega a casa harto de hablar con los
alumnos de mecánica, pues da clases en un Instituto de Secundaria. En realidad,
yo no quería ahora contaros mis orígenes, quizás otro día. La intención que
tenía era hablaros de la casa de Chiclana, bueno del chalé. Es que… me da un
poco de corte referirme a mi vivienda en estos términos. Cuando oímos la
palabra “chalé” automáticamente nos
hacemos una idea, de opulencia y abundancia. No sé si vosotros sentís como yo,
algo de pudor al mencionar tal término. Es verdad que solemos incurrir
fácilmente en el cliché de sabernos ante una familia adinerada y sobrada de
euros y pocas veces se nos ocurre, que detrás de esta apariencia haya una
inmensa e inacabable hipoteca, que se paga con grandes esfuerzos. Desde luego
nos lo hemos pensado detenidamente, antes de dejar la cuenta de ahorros vacía. Por
el contrario, o al menos yo lo pienso así, cuando la gente se compra un piso no
creemos que sea rica o que disfrute de
una holgada situación económica. Se piensa que el que adquiere un piso, es
alguien que está esclavizado por la susodicha hipoteca. Si pudiéramos revisar
las cuentas bancarias de unos y otros, nos llevaríamos grandes sorpresas, pero
esos asuntos pertenecen al ámbito de lo privado y es mejor que no nos hagamos
ninguna idea. Ya me estoy yendo otra
vez, por los cerros de Úbeda. Volvamos a mi casa, que es de lo que estamos
hablando. Esta no es lujosa, aunque sí coqueta y cómoda. Los muebles, heredados
del anterior propietario, los hemos reciclado con una mano de pintura, de esta forma han
recobrado, una vida que creíamos extinguida. Los colores que elegimos para las
paredes iban en función de la claridad, o mejor dicho, de la falta de ésta,
pues si la orientación del chalé es hacia el norte (como es nuestro caso), al
ser planta baja, el sol brilla por su ausencia, por eso elegimos colores claros y vivos. El cuarto de
baño es un íntimo lugar con lo necesario para la higiene diaria, pero tiene una
gran particularidad, cada cierto tiempo suspira. Sí, sí, no estoy delirando ni
nada parecido…Emite un sonido de aspiración intenso, así como ¡isffffsssfaaah!...No
os riais, de verdad que suena así. Seguro que será la cisterna, pero no hay por
qué alarmarse, no pierde agua. Y luego está la cocina, que el propietario
anterior nos dejó perfectamente equipada.
¡Menos mal!, pues nos habríamos tenido que conformar con una hornilla de gas y
cuatro armarios de formica, en lugar de la vitro digital y varios muebles de
madera lacada, más la lavadora-secadora, el lavavajillas, (Modesto baja que
viene Puri)… ¡Perdón...! Es que ¡me encanta!, eso fue lo que más me atrajo a mí
para que nos decidiéramos por ella. La
cocina también tiene sus ruidos, o más bien chasquidos que durante la noche se
hacen evidentes.
La sorpresa me la llevé yo la primera noche que
dormimos en la recién adquirida casa. Estábamos muy cansados de limpiar, de abrir
cajas y maletas y llegó la hora de estrenar cama, que fue lo único que compramos.
Era la una de la madrugada y los nervios y el cansancio me impedían conciliar
el sueño. Mi marido cayó fulminado hacia el abismo de las profundidades
oníricas y yo, de difícil dormir, me quedé en la oscuridad escuchando el
silencio de la noche y revisando mentalmente todo lo acontecido desde la
entrega de llaves. De pronto, el silencio nocturno fue roto por una radio que
se puso en marcha con grandes interferencias. Mi corazón empezó a latir
desenfrenadamente, me levanté y encendí luces, el sonido procedía de una caja
de cartón aún cerrada. La abrí y allí encontré el aparato responsable de tanto
escándalo, un transistor antiguo, agotado, cuyas pilas habrían recuperado
fuerzas y caprichosamente, o vete tú a saber por qué, retomó su antigua rutina
sin que mano alguna interviniera en ello. Lo apagué y volví a la cama a intentar sumergirme en un
sueño reparador que no acababa de llegar. De nuevo, otro ruido me devolvió a la
realidad de las paredes de mi casa, pero ya me era familiar esa especie de
suspiro que emitía la cisterna del inodoro, hasta el punto de hacerlo repetidas
veces en un espacio de una media hora. Otra vez me volví a incorporar y cerré a
cal y canto la puerta del baño y parece que el sonido se amortiguó. Me fui de
prisa buscando el descanso de las sábanas, temiendo que la noche se me esfumara
en blanco. A mi lado Carlos seguía entregado a un sueño profundo con su respirar
ruidoso, de intensidad media, aunque la fuerza de la costumbre había conseguido
que no me fuera molesto escuchar sus, y ahora me atrevo a decirlo “ ronquidos”…
Para mi gusto, acompasados y afinados, que lejos de provocar en mí el insomnio
esperado, me invitaban al sueño. Pensando en esto, casi perdí la consciencia y
quizás me transpuse un poco. Nuevamente, un gran chasquido me puso en alerta,
creo que provenía de la cocina. Esta vez, no supe muy bien de qué se trataba,
posiblemente serían las paredes, o a lo mejor el frigorífico, que al estar lleno ahora, el motor necesitaría más fuerza y cuando se
paraba producía un fuerte ruido que dejaba
en el oído un vacío sonoro. También cerré la puerta de la cocina… En estas, y
ya en medio de la noche, me levanté a abrir la ventana, sentía algo de calor.
Ya estábamos a principios del otoño, pero aún el verano se resistía a dejarnos
y algunas noches eran más cálidas de lo que cabía esperarse. Me volví a acostar, ya sí, con gran predisposición a
dormir. No había pasado más de 15 minutos cuando sonó un fuerte estruendo, como
si una cascada de agua hubiera empezado a fluir al lado de la ventana… En ese
momento sí que empecé a tener miedo. Algo se había roto, pero qué. Pensé entonces
en despertar a Carlos, pero me dio pena porque dormía a pierna suelta. Al final
decidí salir yo al jardín para ver qué ocurría. Encendí las luces de afuera,
abrí la puerta de casa y fui en pos del ruido. Cuál sería mi sorpresa cuando vi
que se trataba de la piscina. Por lo visto, la depuradora se ponía en marcha
automáticamente todas las noches a la misma hora para limpiar el agua y si
hacía un ruido tremendo, era porque tendríamos que haberla llenado hasta los
bordes. Por fin, y ya casi de día volví
a la cama, pero esta vez me quedé frita en un santiamén. Cuando amanecí a altas
horas de la mañana, me encontré a Carlos colgando cuadros y mientras
desayunábamos le conté mis peripecias nocturnas. Él, sonriendo afirmó que esa
era la señal de que la casa estaba viva y pretendía comunicarse y adaptarse a
sus nuevos dueños y esos ruidos no eran sino las conversaciones que ésta
entablaba con sus habitantes, gracias al silencio del lugar.