miércoles, 5 de julio de 2017

Sin lágrimas que entregar (poema)



Ese amor hecho de tierra,
de mar azul,
de noches en vela,
Surgía del más allá de la tierra.
Algunos miedos se diluían en sus brazos.
Ese amor se convertía
en historias desconocidas
de sueños inconclusos,
de deseos rotos,
de mares inmensos.
Ese amor no se acababa,
la dejaba sin sueño,
sin lágrimas que entregar.
Solo pequeñas felicidades

que recordar.

Noches de claridad (poema)


En  sueños veo claro
tus tierras fértiles,
ellas llenan mi vida de rosas azules y rojas.
Me desesperan los mercaderes
caminando por realidades oscuras
tejiendo telas de araña.
Ellos alimentan a negras sombras
devoradoras de luces blancas
repitiendo y repitiendo hasta la eternidad
bacanales y orgías a costa de la pureza.
Guerreros salvadores arengan a tropas
incitando a guerras inútiles que engendran más guerras
y el amor…¡Ay mi amor!

Solo tú mi amor eres paz.

Ventana infinita (poema para una acuarela)



Sola en un rincón
recuerdo mi existencia
ahora vacía y quieta.
El cielo azul me ilumina los días,
días de sosegadas rutinas,
emociones maduras.
Aún quiero asomarme a la vida,
ver nuevos paisajes,
pero solo quedan algunos
que beberé para saciarme
en las noches de invierno.





Dos noches en blanco de una estudiante de Salamanca (Relato)



La idea de este relato surgió en los primeros días grises de este otoño, estando sentada cómodamente en mi sillón anatómico, de esos a los que solo les falta hablar. Me acababa de jubilar  y por fin tenía todo el tiempo del mundo para leer con tranquilidad los libros que se me antojasen, aunque ahora estaba en la lectura de los cuatro  cuentos de Ignacio Aldecoa prescritos en la tertulia literaria de la  asociación de profesores jubilados. Habían caído ya  El hombrecillo que nació para actor y  El loro antillano, me disponía a abordar, no sin algo de reticencia, el cuento siguiente: Pájaros y espantapájaros y no sé por qué, quizás por el tipo de literatura que representa Ignacio Aldecoa, quizás por su vinculación a Salamanca en los primeros años  de estudiante universitario, me vinieron a la mente mis propios años como estudiante de Salamanca, pero no voy a relatar aquí los día en las aulas, a saber: los madrugones, las clases tipo adormidera o emocionantes hasta derramar lágrimas de gusto y las notas con algún que otro suspenso, porque de todo hubo en esta época. Lo que aquí voy a narrar son dos noches que se han quedado en mi memoria, espero que para siempre, dado que la madurez implica una saturación de vivencias que nuestro subconsciente se encarga de colocar y hasta de esconder, aún no sé si arbitrariamente.  No temáis, que no me voy a meter en disquisiciones sicológicas que  expliquen el porqué de estos recuerdos preferidos que afloran con facilidad.
La primera noche  data de mi segundo año de universidad. Aquel  sábado había quedado con algunos amigos: una pareja de estudiantes de filosofía pura de la Pontificia, un amigo estudiante de medicina y una amiga ya maestra en paro, que acababa de llegar de Chiclana en busca de trabajo. Estábamos en casa de otras dos amigas estudiantes de enfermería que vivían en una planta baja bastante antigua. Después de tomarnos unos bocadillos para cenar, pusimos algo de música y empezamos a charlar sobre espiritismo, la aguija y otros misterios, pues la casa y el momento de la noche nos invitaban a eso. Mis amigos los filósofos, habían oído hablar de algo llamado psicofonías, que por lo visto eran voces de otro tiempo en el aire. Estas ondas, por llamarlo de alguna manera, se podían captaban a través de aparatos de grabación simples (estamos hablando de mediados de los 70), menos mal, porque los estudiantes no demasiado ricos teníamos radiocasetes y poco más. Alguien sacó una cinta virgen y la introdujo en un elemental aparato para grabar las preguntas que se hicieran. Nos habíamos sentado alrededor de una mesa camilla, teníamos una luz tenue, quizás la de un flexo. Todos estábamos medio dormidos, nadie hablaba y pusimos en modo grabación el casete. Entonces tomó la palabra el de filosofía que con voz seria dijo: “-Si hay alguien presente que se manifieste-guardó un momento de silencio y luego prosiguió-, vamos a preguntarte quién eres”-Estas fueron las únicas palabras que se pronunciaron  en medio de la grabación. Acto seguido rebobinamos la cinta y procedimos a la escucha y cuál sería nuestra sorpresa cuando oímos, claro está, la voz de nuestro amigo diciendo que  si había alguien presente se manifestara y durante esta frase se oía una voz que decía:” Por amor, haced preguntas” y creo que la repetía dos veces. Después seguía la frase de mi amigo: “Vamos a preguntarte quién eres”  y simultáneamente, suponemos que la misma voz, decía: “taita” (lo repetía dos o tres veces) y había un “¡No, no, no!” A todos se no erizó el bello. La otra estudiante de filosofía dijo que mientras esto sucedía,  se le había pasado por la cabeza la imagen de un niño que una mujer bañaba en un barreño de zinc y que lo ahogaba en el mismo. Tenemos que aclarar que la cinta virgen no era de ninguno de los de filosofía (por si diera pie a susceptibilidades), sino de las chicas de la casa. La misma noche miramos en el diccionario la  palabra que habíamos escuchado, y os diré que “taita” es una palabra de origen latino con la que el niño llama a sus padres o a quien le cuida. Estuvimos toda la noche juntos con miedo a irnos a casa y durante varios meses se nos quedó esta sensación de haber rayado en lo desconocido, en el ¿más allá?

La siguiente noche en blanco fue mucho más amable y más romántica, ocurrió a finales de mi tercer año de universidad, en junio, cuando estábamos todos los estudiantes concentrados en nuestros exámenes finales, creo que me coincidió con una tarde en la que había quedado con mi amiga la de filosofía pura, para que me explicase de forma esquemática, los contenidos más importantes de la historia de la Filosofía para un examen, pues teniendo en cuenta las innumerables huelgas del curso, me faltaban clases y explicaciones. Ya estábamos por Platón,  de  pronto sonó el timbre, eran el estudiante de medicina y el de filosofía, pero no venían solos. Les acompañaba la guitarra. Los dos la tocaban bien, y nosotras cantábamos mejor. Improvisamos una cena con lo que teníamos y tras la cena empezamos a cantar canciones de María Ostiz, de Nuevo Mester de Juglaría, de Nuestro Pequeño Mundo, de Jarcha, de Mercedes Sosa...Se nos pasaron las horas y poco a  poco se acercaba el amanecer y entonces se nos ocurrió ir a orillas del Tormes a ver la salida del sol y allí estábamos los cuatro a la espera de la aparición del Astro rey  y se nos ocurrió cantar la canción de “Al Alba”, mientras la cantábamos un nudo de emoción me embargaba, a mis 20 años me sentía viva y feliz. Por supuesto acabamos tomando chocolate con churros en la chocolatería de “Las tres G”, donde algún que otro grupo de estudiantes había rematado la juerga o el estudio. Allí nos encontrábamos todos igualados por esa noche pasada en blanco, saboreando los dorados churros mojados en espeso chocolate, que a estas horas sabían a pedacitos de paraíso.

martes, 4 de julio de 2017

Mi casa me habla (relato)


Hola, me llamo Puri  y mi marido Carlos. Acabamos de comprar una casa en Chiclana de la Frontera. ¿Conocéis Chiclana?... No,…  no es mi tierra. No soy gaditana. Que de dónde soy. Yo también me lo he preguntado muchas veces. Supongo que quien soy, es un “rebujo”, como reza en la entrada de nuestra vivienda. Supongo que soy  una amalgama de componentes diversos. Nací en Melilla, que ninguna huella dejó en mí.  Al cumplir yo los tres años, nos fuimos de allí, porque  mi padre se iba a la reserva (no a la de los indios) a la del ejército. El Ministerio de Defensa a finales de los cincuenta dio esa opción a los militares que quisieran irse antes de la edad reglamentaria. No sé, quizás hubiera un excedente de aquellos soldados que, al terminar la guerra,  hicieron de la mili su profesión. Si se iban, les prometían destinos civiles, como así fue para mi progenitor que aún era joven. Probablemente no  habría nada de este lugar que perdurase en mí, sino fuera por los recuerdos trasmitidos a través de mis padres y las escasas fotos en las que aparecemos en la ciudad norteafricana. Más adelante, iría a Melilla en una corta  visita turística. Sin embargo, de aquel pueblo extremeño, Carcaboso, de donde procedía mi familia,  al cual regresamos todos, mis hermanos adolescentes aún, y yo muy pequeña, me vienen a la memoria ciertos flases muy significativos que me han dejado felices recuerdos… Bueno Puri, ya está bien, “siempre te desvías del tema”, me lo digo a misma,  en lugar de mi marido, que muy a menudo, me insta a ir al grano, y no sin razón, pero qué queréis que os diga,  me encanta contar cosas de mi vida, yo comprendo que él necesite silencio cuando llega a casa harto de hablar con los alumnos de mecánica, pues da clases en un Instituto de Secundaria. En realidad, yo no quería ahora contaros mis orígenes, quizás otro día. La intención que tenía era hablaros de la casa de Chiclana, bueno del chalé. Es que… me da un poco de corte referirme a mi vivienda en estos términos. Cuando oímos la palabra  “chalé” automáticamente nos hacemos una idea, de opulencia y abundancia. No sé si vosotros sentís como yo, algo de pudor al mencionar tal término. Es verdad que solemos incurrir fácilmente en el cliché de sabernos ante una familia adinerada y sobrada de euros y pocas veces se nos ocurre, que detrás de esta apariencia haya una inmensa e inacabable hipoteca, que se paga con grandes esfuerzos. Desde luego nos lo hemos pensado detenidamente, antes de dejar la cuenta de ahorros vacía. Por el contrario, o al menos yo lo pienso así, cuando la gente se compra un piso no creemos que sea  rica o que disfrute de una holgada situación económica. Se piensa que el que adquiere un piso, es alguien que está esclavizado por la susodicha hipoteca. Si pudiéramos revisar las cuentas bancarias de unos y otros, nos llevaríamos grandes sorpresas, pero esos asuntos pertenecen al ámbito de lo privado y es mejor que no nos hagamos ninguna idea. Ya me estoy  yendo otra vez, por los cerros de Úbeda. Volvamos a mi casa, que es de lo que estamos hablando. Esta no es lujosa, aunque sí coqueta y cómoda. Los muebles, heredados del anterior propietario, los hemos reciclado con  una mano de pintura, de esta forma han recobrado, una vida que creíamos extinguida. Los colores que elegimos para las paredes iban en función de la claridad, o mejor dicho, de la falta de ésta, pues si la orientación del chalé es hacia el norte (como es nuestro caso), al ser planta baja, el sol brilla por su ausencia, por eso  elegimos colores claros y vivos. El cuarto de baño es un íntimo lugar con lo necesario para la higiene diaria, pero tiene una gran particularidad, cada cierto tiempo suspira. Sí, sí, no estoy delirando ni nada parecido…Emite un sonido de aspiración intenso, así como ¡isffffsssfaaah!...No os riais, de verdad que suena así. Seguro que será la cisterna, pero no hay por qué alarmarse, no pierde agua. Y luego está la cocina, que el propietario anterior nos dejó perfectamente  equipada. ¡Menos mal!, pues nos habríamos tenido que conformar con una hornilla de gas y cuatro armarios de formica, en lugar de la vitro digital y varios muebles de madera lacada, más la lavadora-secadora, el lavavajillas, (Modesto baja que viene Puri)… ¡Perdón...! Es que ¡me encanta!, eso fue lo que más me atrajo a mí para que nos decidiéramos  por ella. La cocina también tiene sus ruidos, o más bien chasquidos que durante la noche se hacen evidentes.

La sorpresa me la llevé yo la primera noche que dormimos en la recién adquirida casa. Estábamos muy cansados de limpiar, de abrir cajas y maletas y llegó la hora de estrenar cama, que fue lo único que compramos. Era la una de la madrugada y los nervios y el cansancio me impedían conciliar el sueño. Mi marido cayó fulminado hacia el abismo de las profundidades oníricas y yo, de difícil dormir, me quedé en la oscuridad escuchando el silencio de la noche y revisando mentalmente todo lo acontecido desde la entrega de llaves. De pronto, el silencio nocturno fue roto por una radio que se puso en marcha con grandes interferencias. Mi corazón empezó a latir desenfrenadamente, me levanté y encendí luces, el sonido procedía de una caja de cartón aún cerrada. La abrí y allí encontré el aparato responsable de tanto escándalo, un transistor antiguo, agotado, cuyas pilas habrían recuperado fuerzas y caprichosamente, o vete tú a saber por qué, retomó su antigua rutina sin que mano alguna interviniera en ello. Lo apagué y  volví a la cama a intentar sumergirme en un sueño reparador que no acababa de llegar. De nuevo, otro ruido me devolvió a la realidad de las paredes de mi casa, pero ya me era familiar esa especie de suspiro que emitía la cisterna del inodoro, hasta el punto de hacerlo repetidas veces en un espacio de una media hora. Otra vez me volví a incorporar y cerré a cal y canto la puerta del baño y parece que el sonido se amortiguó. Me fui de prisa buscando el descanso de las sábanas, temiendo que la noche se me esfumara en blanco. A mi lado Carlos seguía entregado a un sueño profundo con su respirar ruidoso, de intensidad media, aunque la fuerza de la costumbre había conseguido que no me fuera molesto escuchar sus, y ahora me atrevo a decirlo “ ronquidos”… Para mi gusto, acompasados y afinados, que lejos de provocar en mí el insomnio esperado, me invitaban al sueño. Pensando en esto, casi perdí la consciencia y quizás me transpuse un poco. Nuevamente, un gran chasquido me puso en alerta, creo que provenía de la cocina. Esta vez, no supe muy bien de qué se trataba, posiblemente serían las paredes, o a lo mejor el  frigorífico, que al estar lleno ahora,  el motor necesitaría más fuerza y cuando se paraba producía  un fuerte ruido que dejaba en el oído un vacío sonoro. También cerré la puerta de la cocina… En estas, y ya en medio de la noche, me levanté a abrir la ventana, sentía algo de calor. Ya estábamos a principios del otoño, pero aún el verano se resistía a dejarnos y algunas noches eran más cálidas de lo que cabía esperarse. Me volví a  acostar, ya sí, con gran predisposición a dormir. No había pasado más de 15 minutos cuando sonó un fuerte estruendo, como si una cascada de agua hubiera empezado a fluir al lado de la ventana… En ese momento sí que empecé a tener miedo. Algo se había roto, pero qué. Pensé entonces en despertar a Carlos, pero me dio pena porque dormía a pierna suelta. Al final decidí salir yo al jardín para ver qué ocurría. Encendí las luces de afuera, abrí la puerta de casa y fui en pos del ruido. Cuál sería mi sorpresa cuando vi que se trataba de la piscina. Por lo visto, la depuradora se ponía en marcha automáticamente todas las noches a la misma hora para limpiar el agua y si hacía un ruido tremendo, era porque tendríamos que haberla llenado hasta los bordes.  Por fin, y ya casi de día volví a la cama, pero esta vez me quedé frita en un santiamén. Cuando amanecí a altas horas de la mañana, me encontré a Carlos colgando cuadros y mientras desayunábamos le conté mis peripecias nocturnas. Él, sonriendo afirmó que esa era la señal de que la casa estaba viva y pretendía comunicarse y adaptarse a sus nuevos dueños y esos ruidos no eran sino las conversaciones que ésta entablaba con sus habitantes, gracias al silencio del lugar.

Aterrizaje en la ciudad de la luz (Relato)


El paisaje le resultaba familiar, de un increíble verde esmeralda que se extendía hasta el horizonte salpicado de grises montículos que rompían, cada pocos metros, la uniformidad del color intenso. La soledad era su absoluta compañía. A pesar de estar  rodeada de una naturaleza exuberante,  sentía una  tristeza inconmensurable, todo aquello le hería más allá del cuerpo.
Se dirigía hacia el sol y a medida que avanzaba, la luz le proyectaba imágenes llenas de ternura, aparecían sus niños  de pequeños paseando por el parque, haciendo los deberes, abrazándola. Más adelante sus hijos viajaban en tren, en autobús, en metro, en avión. Atravesaban nubes de nieve y agua. El  viaje parecía prolongarse hasta el infinito. Esta sensación le provocaba  lágrimas que brotaban desde las profundidades de la tierra, la inundaban,  se convertían en sollozo  sumergiéndola en un marasmo insalvable. Ella, que adoraba la actividad, que siempre estaba ideando formas de complacer a la gente, de hacer la vida más fácil a los demás, ahora se sentía impotente. Sus niños le reclamaban la carne y la piel.  Perdía masa corporal  llegando a ser casi invisible. Una vez quiso liberarse de esa esclavitud que la anulaba e hizo acopio de una voz débil  apenas audible, por lo que decidió aumentar la intensidad. Los dos mayores acudieron a la llamada de la sangre, pero a lo largo de la adolescencia habían olvidado esa  voz y ya no la oían.
 Con parte  del alma amputada seguía caminando hacia el sol. Ahora vivía en otro mundo paralelo, respirando el mismo aire. En las noches de luna llena salía a preguntarle al satélite, si él sabía dónde estaba su piel, por qué no volvía a ella.
El tiempo pasaba a veces vivo y a veces muerto. Poco a poco aprendía a vivir, pero su alma no era una recién nacida, dos partes de ella se habían vuelto grises y desiertas. Cada día se miraba el rostro en el espejo y descubría otro surco vacío al lado de las dos penas y también una flor que nacía madura llenándola de amor y tranquilidad, pero sus dos penas continuaban creciendo en el alma madura y ese sol nuevo la seguía calentando y proyectando rayos de claridad que alumbraban la realidad.
De pronto alguien le agarró  la mano y  este contacto le produjo un bienestar, podría ser la felicidad que venía a visitarla tras años grises. Se trataba quizás de su niña pequeña, de su marido, o de sus raíces en la tierra. La mano  de la niña la guiaba hacia uno de los montículos grises, lo rodearon y encontraron una puerta. La pequeña puso el pulgar sobre ella  y esta se abrió, entró e invitó a su madre a hacer lo mismo. La madre permanecía en el umbral, no podría soportar otra pérdida, volver a vivir otro tiempo de dolor, sería demasiado, pero la hija no soltaba a la madre y el amor seguía entre ellas y se decidió. Al pasar por la puerta, la música más bella del mundo sonaba, sería el paraíso, sí, sin duda, porque olía a azahar y a rosas, era lo más bello que podía escuchar y oler y al fondo de esa maravillosa estancia, dos siluetas ¡Oh no...No era posible! Se trataba de ellos… que se lanzaron a los brazos de la madre. Ella con lágrimas en los ojos los abrazaba y escuchaba ¡¡Mamá te queremos, hemos vuelto!! Después la madre sintió en el estómago un cosquilleo y abrió los ojos cuando oyó por el altavoz del avión el clic que invitaba a desabrocharse los cinturones. Al lado  su marido permanecía sentado y en el asiento delantero su hija con el novio.
Recogieron el equipaje de mano y se dispusieron a bajar del avión, en la ciudad de la luz.  En la salida del aeropuerto vieron a mucha gente encontrarse y abrazar a otra. Ellos tendrían que coger un taxi hasta el hotel…De pronto vio que dos parejas agitaban las manos en su dirección, no estaba segura si era para ellos, pero a medida que se acercaban… ¡No…aún estaba soñando…! ¡Sí, eran ellos…! Los hijos que la habían repudiado años atrás. Corrieron hacia ella y la abrazaron tan fuerte que le faltaba el aire, pero esta vez las palabras quedaron ahogadas por la emoción.
 El reencuentro  en la ciudad que tanto amaba su madre lo había organizado la hija pequeña. París, la ciudad de la luz, les había proporcionado la reconciliación y un poco de felicidad.

lunes, 3 de julio de 2017

Las canciones de mi vida (poema)




LAS CANCIONES DE MI VIDA
Mi vida nació en la música,
crecí con canciones
que evolucionaban en el tiempo.
Una canción que hablaba de amores
escuchaba mis penas platónicas.
Con ellas aprendí otro idioma.
Las canciones me enseñaron poesía.
Un día se callaron las melodías,
 los años pasaban.
 Alguna vez me visitaba
un estribillo desafinado
que  descomponía
mi gris realidad.
La muerte me devolvió
mil canciones que deseo cantar

antes del final.

Aprendiza de escritora (Características de este blog)

Hay mucha gente que escribe y lo hace bien, gente que vende libros y son leídos, gente que no se expresa y busca en otros lecturas que les liberen de la opresión.
Para mí la escritura es una necesidad, las palabras me fluyen llenas de emociones como miles de pedacitos míos que se fugan y poco a poco van tomando forma convirtiéndose en historias y melodías.
En este blog estarán todas mis historias y todas mis melodías para quien quiera conocerme, para quien quiera ver  otras vidas y otros momentos.