EL UNICORNIO DE LUCAS
En el piso de la familia Periñán, sus miembros se
afanaban preparando maletas y paquetes, en especial Lucas de siete años, hijo
único. Era un niño muy querido por unos padres volcados en su trabajo de profesores.
Eduardo ejercía en un colegio de Primaria, al que iba Lucas y Sara en un Instituto
de Secundaria. Para esta familia gaditana asentada en Madrid por motivos
laborales, las vacaciones al lado de los abuelos (Padres de Eduardo, ya que los
de Sara habían fallecido en un accidente de
avión ocurrido hacía diez años), constituía un tiempo de ocio, de
tranquilidad en medio de una agitada vida cotidiana, con días cargados de
trabajo, que finalizaban en un piso, donde el único contacto con la naturaleza,
unas macetas de un balcón que daba al asfalto y un parque a media hora de su
vivienda, suponía el único respiro. Las vacaciones, sobre todo las de Navidad,
eran maravillosas para Lucas. En Chiclana le esperaban sus yayos, a los que
adoraba. Lucas disfrutaba del jardín, de un perro con el que jugaba, de paseos por
la marisma, por la playa y además su yayo le contaba unos cuentos que Lucas, al
que le gustaba mucho leer, no conocía y le apasionaban.
Las seis horas de viaje se le
pasaron a Lucas en un suspiro. Los abuelos los recibieron con mucha alegría. El
salón del chalé estaba presidido por un enorme árbol de Navidad cuajado de
bolas de colores y espumillones, acabado en una estrella plateada y un angelito, a cuyos pies
se extendía un precioso Belén con su portal, ríos y lavanderas, esparcidos por
ese supuesto campo y monte de Judea, además de un sinfín de pastorcillos y
ovejas. La casa de los abuelos desprendía una gran calidez. Para Lucas era un tiempo
mágico, se trataba de una felicidad invisible que llenaba ese hogar apacible.
Al día siguiente, la lluvia hizo
aparición en Chiclana y los planes de ir todos juntos al mercado a comprar los
alimentos para Nochebuena y Navidad fueron cambiados. Lucas y su abuelo se
quedarían en casa con la promesa de que el Yayo le contaría una bonita historia
de Navidad. El nieto accedió, pues le constaba que don Enrique era un buen
narrador y a él le encantaban sus cuentos.
Cuando se quedaron solos abuelo y
nieto se sentaron en el sofá. Don Enrique un funcionario de ayuntamiento ya
jubilado, muy aficionado a la lectura, comenzó este cuento:
Había una vez una familia que
tenía un hijo llamado Pedrito, este tenía la misma edad que Lucas. Vivian en
una humilde casa de campo, rodeada de una pequeña huerta. Los padres de Pedrito
sembraban en ella lo necesario para vivir. También tenían una vaca, un cerdo y
algunas gallinas. Desde luego eran pobres, pero parecían felices. Casi a
diario, mientras María, la madre de Pedrito hacía el pan y la humilde comida,
Alberto, el padre de Pedrito salía a cazar, casi siempre acompañado del niño y
a veces traían alguna liebre, otras alguna perdiz y así iban tirando. Pedrito
amaba el bosque, de hecho, cuando su padre en ciertas ocasiones se sentaba a
dormir la siesta, Pedrito se dedicaba a hablar con los árboles, a veces les
cantaba en voz baja las canciones que su madre le había enseñado siendo más
pequeño. Su preferida era la del Romance del prisionero:
“Que por mayo era por mayo
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor...”
Estaba Pedrito cantando esta
canción, cuando a lo lejos vio aparecer un hermoso caballo blanco, que galopaba
a su alrededor. De pronto Pedrito pegó un salto, pues vio que este precioso
caballo tenía un…, ¿defecto?, sí, no estaba soñando, tenía un cuerno en la
frente y relinchaba mirando a Pedrito con ternura. Pedrito intentó despertar a
su padre para que viera, él también, ese hermoso caballo que parecía haber
surgido de la nada, pero su padre
dormía como un tronco. Pedrito se
acercó al caballo, que se había detenido y bajaba la cabeza para que Pedrito lo
acariciara. Este animal desprendía una energía cálida que Pedrito sentía en sus
manos y en su cuerpo. Tras unos momentos vividos por el niño en una especie de ensueño,
sintió que alguien le daba una palmadita en el hombro. Su padre le llamaba para
marcharse a casa, pero Pedrito solo fue consciente de ello al sentir la mano del
progenitor, que parecía no haber visto nada.
De vuelta a casa un gran problema
les esperaba, los recaudadores de impuestos se habían llevado toda su comida
incluidos el cerdo, la vaca y las gallinas. Navidad se acercaba y el hambre,
que las pocas verduras que quedaban en el huerto, no había podido calmar,
amenazaba peligrosamente sus vidas. La caza apenas cubría las necesidades más
básicas. Pero Alberto sabía tallar la madera y tenía algunas figuritas que
pretendía llevar al mercado la próxima semana. María le dijo a Pedrito que este
año no vendrían los Reyes Magos. Pedrito comunicó a sus padres que no pasaba
nada, aunque si a papá no le importaba le gustaría que le tallara un caballito
con un cuerno en la frente. Al día siguiente cuando se despertó un hermoso
caballito con un cuerno en la frente, yacía en su almohada. Pedrito le dio un
fuerte abrazo a su padre, al cual se le caían las lágrimas por la emoción y la
tristeza de ver que su familia tenía que pasar grandes penurias por culpa de la
avaricia de unos poderosos señores que vivían a costa de la gente humilde.
Pedrito le contaba sus cosas al
animalito de madera que se había convertido en su confidente y compañero de
juegos. Llegó por fin el día del mercado, este se encontraba en la pequeña villa,
centro de la comarca a cuatro kilómetros de la casa de Pedrito. Al amanecer
salieron padre madre e hijo con un saquito de figuritas talladas exquisitamente
por Alberto. Este esperaba venderlas y poder salir de la miseria. Llegaron a la
plaza de la villa, ocupada por gran cantidad de mercaderías y vecinos de toda
la zona. Se instalaron en un rincón de esta. La gente los miraba a ellos y a
sus figuritas, pero nadie mostraba intención de comprar. Hasta que apareció un
grupo formado por una mujer rubia muy elegante, de mediana edad acompañada por
otra, morena de edad parecida, pero vestida más modestamente, estas eran
seguidas por una mula torda que portaba una especie de silla en la que iba
sentado un chico un poco mayor que Pedrito, muy elegantemente vestido, pero muy
delgado y con unos ojos oscuros enmarcados en unas grandes ojeras. Se ocupaba
de la mula un muchacho de librea verde, el criado sin duda. El niño pidió a su
madre que se pararan delante del puesto de las figuritas. A una señal del
criado la mula torda se agachó y este puso la silla en el suelo, al lado del
puesto de Pedrito. El niño de las ojeras se dirigió a Pedrito:
-
Buenos días -le dijo el niño elegante
-
Buenos días- Contestó Pedrito
-
¿Qué clase de animal es el que tienes en tu mano?
-
Es un caballo con un cuerno en la frente-repuso
Pedrito
-
¿Me dejas tocarlo?
-
Claro, toma- dijo Pedrito entregándole el caballito.
-
¡Es precioso y muy cálido! – Dijo el niño
elegante- Es un unicornio-dijo el niño de la silla-. He leído una historia
sobre este caballo.
-
¿Cómo te
llamas? - le preguntó el chico elegante a Pedrito
-
Pedro, ¿y tú?
-
Yo, Raúl.
-
¿No puedes andar? – preguntó Pedrito
-
No. Cuando
era más pequeño me puse enfermo con mucha fiebre y ya no puedo andar. El médico
dice que sigo enfermo.
Raúl
extendió la mano para devolverle el juguete, pero Pedrito dijo que se lo
quedase, pues él lo necesitaba más. Le preguntó que cuánto valía y Pedrito alzó
los hombros por toda respuesta.
La madre
de Raúl compró algunas figuritas y les preguntó a los padres de Pedrito si podrían
tallarle un juego de ajedrez. Alberto respondió que sí, que lo tendría en una
semana, pero que necesitaba un modelo. Quedaron en que cuando acabara el
mercado se pasarían por la casa de Raúl y así lo hicieron. Fueron recibidos por
doña Enriqueta, la madre de Raúl que les mostró un juego de Ajedrez, esta
entregó a Alberto un papel acompañado de un carboncillo. Alberto esbozó las
figuras que tenía que tallar. Mientras estaba en esto, María observaba las
riquezas de esta casa noble, como correspondía a los condes de la comarca y de
pronto se asustó porque por una puerta vio salir a uno de los dos recaudadores
de impuestos que los habían dejado en la ruina. María pegó un pequeño grito y Doña
Enriqueta le preguntó que qué le pasaba. María le contó por encima su problema.
Doña Enriqueta le dijo que se lo haría saber a su esposo, Conde a la sazón de
esta comarca y seguro que tomaría medidas.
A la
semana siguiente, la víspera de Nochebuena, Alberto acompañado de su esposa y
de su hijo llamó a la puerta de la casa noble. Una sirvienta les hizo pasar a
una sala de estar. Al poco aparecieron madre e hijo acompañados esta vez del
padre. Todos con una cara sonriente.
Pero cuál
no sería la sorpresa de Alberto, María y Pedrito al ver a Raúl andar por sí
solo con la ayuda de un bastón.
Raúl se
acercó a Pedrito y le dio un caluroso abrazo.
-
Querido Pedro- dijo Raúl- Desde el día en que me
diste el unicornio, empecé a sentirme mejor, y he comenzado a andar.
-
Es cierto- declaró doña Enriqueta- Es como si el
frío que invadía el cuerpo de mi hijo se hubiera marchado, devolviéndole la
salud.
-
Perdonad- interrumpió Raúl- Este es mi padre
-
Me alegro de conocerlos, y les agradezco la
felicidad que han traído a esta casa – se congratuló el señor conde.
-
¿No olvidas algo Alfonso? - Interrumpió doña
Enriqueta.
-
¡Ah sí! - Contestó don Alfonso- He despedido y
llevado ante la justicia a mis dos recaudadores, pues estaban robando a
todos los campesinos de la comarca, ya que solo pueden cobrar un diezmo de la
producción de las granjas y no toda. -Al decir esto, entregó una bolsa de
dinero a Alberto diciendo:
-
Esto os pertenece.
-
Me gustaría ver ese juego de Ajedrez que me habéis
traído – dijo la Condesa.
Alberto
lo sacó y lo expuso encima de la mesa. En verdad era una maravilla y tanto don
Alfonso como doña Enriqueta se quedaron boquiabiertos ante tanta delicadeza de
formas. Doña Enriqueta susurró algo al
oído de su marido. Tras unos instantes, esta les propuso quedarse a pasar la Nochebuena
y la Navidad con ellos. Raúl estaba muy contento de poder compartir una fiesta tan
entrañable con su nuevo amigo. A Pedrito también le encantaba la idea.
Los dos días de fiesta transcurrieron felices
para la familia noble y la campesina. Don Alfonso le ofreció un trabajo de
carpintero a Alberto, además propuso a los padres de Pedrito que el niño
estudiara al lado de su hijo. Con el tiempo Raúl y Pedrito se convertirían en
amigos inseparables y tendrían un buen futuro juntos. Y fueron felices y
comieron perdices y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
El abuelo Enrique acabó el cuento y el
nieto maravillado por esta hermosa historia, le dijo al abuelo:
-
¿Sabes abuelo lo que voy a pedir a los Reyes Magos
este año? Un Unicornio y solo eso.
-
Pero ¿Sabes una cosa Lucas? – Repuso el abuelo- La
magia del unicornio solo funciona con las buenas personas, con las limpias de
corazón.
-
Yo lo seré, seré bueno abuelo y diciendo esto
Lucas le dio un fuerte abrazo a su yayo.



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