SOLO RECUERDOS
Mientras escuchaba con nostalgia
una melancólica canción de John Denver llamada Today, me abstraía en esa letra
que invitaba a aferrarse al presente: “…Voy a festejar en tu mesa, dormiré en
tu trébol ¿A quién le importa lo que traiga el mañana?...”
Sumida en las emociones de esa
música, y con la facilidad mía de colocar la mente en otro lugar, en otro
tiempo, no sé cómo, me vi sumergida en unas vacaciones de verano pasadas en el
pueblo de mis padres, a mediados de los 60. Empecé poco a poco a bucear en ese momento
y encontré recuerdos hermosos ¿De felicidad? Creo que sí, y lo era en un
pequeño espacio, un pueblito de casas bajas, con una iglesia blanca, un
ayuntamiento y una sola escuela, sin mar, sin montañas, solo un río con
arboledas de álamos y moreras, además de muchas huertas.
Las imágenes de este lugar las componían hombres con mulos y
burros transportando en grandes serones productos de los sembrados, mujeres
acarreando agua en un cántaro depositado encima de una rodilla de tela sobre la
cabeza, o en la cadera, mismo sitio donde, a veces, colocaban a sus niños de
corta edad y cuando no era el agua o el niño, se trataba de un barreño de zinc lleno
de ropa sobre el que ponían un lavadero de madera y en la mano libre una
tajuela para arrodillarse y lavar sábanas, toallas, mudas… con jabón que ellas
mismas hacían a base de aceite y grasas, añadiéndole sosa caustica.
El camino del río tenía este
trasiego muy de mañana como aquel día en el que fuimos toda la familia, mi
madre, mi padre, mi hermana, mi hermano, que ya era un adolescente un poco
rebelde, y yo de 8 años. La víspera mi padre lo había propuesto, pero dijo que
iríamos solo con pan en una cesta, algún utensilio de cocina, algo de aceite y
sal, y una manta donde poder sentarnos, el resto lo conseguiríamos en el campo.
Eso sí, recomendó a mi hermano que llevara su tirachinas fabricado por él mismo
con un palo en forma de Y griega, una tira de goma elástica sacada de la cámara de un
neumático y un trozo de cuero. Con qué facilidad creábamos en aquel entonces
nuestros propios juguetes, el aro, el flotador y las muñecas hechas de trapo. La
imaginación era una cualidad de la que íbamos sobrados. Esta surgía de nuestro
interior. Ahora a los niños se lo damos todo imaginado y pensado. Ese día la cosa
prometía. Por primera vez mi padre quería mostrarnos cómo se puede sobrevivir
sin comida venida de la tienda- porque “a buen hambre no hay pan duro”- decía
él. Andábamos por el camino del río felices, buscando un trozo de sombra a la
orilla de este, para extender la manta y quizás bañarnos. Eso iba yo a hacer
cuando mi padre sugirió que fuéramos de caza, si queríamos comer al mediodía. A
mi hermana, solo dos años mayor que yo, y a mí, nos encantó la idea, pero mi
hermano aceptó refunfuñando como venía siendo su costumbre últimamente.
Mi madre se quedó a la orilla del
río mientras nosotros íbamos cesta en mano, que mi hermana portaba, a buscar
algo que llevarnos a la boca. Anduvimos por el campo entre chumberas y zarzales,
que ya tenían zarzamoras, pues estábamos a mediados de agosto, recogimos unas
cuantas, después vimos pájaros volar. Eran gorriones, mi hermano puso su
tirachinas en marcha y consiguió dar a tres, luego el resto de los gorriones se
echaron a volar espantados y los que aparecieron fueron algunos cuervos
graznando, pero mi hermano no quería cazarlos, pues pensaba que no se podían
comer, sin embargo, mi padre le dijo que adelante y de nuevo sacó a relucir
otro refrán, esta vez era “ave que vuela a la cazuela”. Mi hermana y yo
teníamos una cara de asco tremenda al ver el cuervo muerto, pero mi padre nos
dijo que durante la guerra y la posguerra de España mucha gente tuvo que comer
cuervos, ratas y hasta perros para no morir de hambre y añadió- “¡cuestión de
supervivencia!”-. Seguimos nuestra marcha y luego cortamos algunos higos de las
higueras que sobresalían por las vallas de piedra de las huertas. Los chumbos
ya estaban maduros también, pero para que no nos sentaran mal, según mi padre,
habría que haberlos recogido con las frescas, o sea, de madrugada. Llegamos un
poco cansados del paseo por el campo, aunque a mi hermano aún le quedaron
energías para subirse a una morera a hacerse con algunas moras blancas. Mi
hermana se fue a llenar el botijo a una fuente situada a pocos pasos de allí, yo,
por fin, pude bañarme. Entre tanto, mis padres se pusieron a desplumar los
gorriones y el cuervo. Acto seguido encendieron un fuego con las ramas y trozos
de madera que mi madre había encontrado por la orilla del río cuando estábamos
fuera. Pusieron una sartén con aceite y frieron los pájaros y el cuervo
troceado. Nos comimos sin rechistar los pájaros con un pedazo de pan, y de
postre la fruta que habíamos recogido, pues cansados por el baño y la caminata,
el almuerzo se convirtió en un placer aderezado por la fresca sombra de los
árboles, que nos abanicaban con una leve brisa e incitaban a una siesta a la
que mis hermanos y yo sucumbimos tras la comida.

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