miércoles, 15 de mayo de 2019

Solo recuerdos (Relato para un refrán)

SOLO RECUERDOS





Mientras escuchaba con nostalgia una melancólica canción de John Denver llamada Today, me abstraía en esa letra que invitaba a aferrarse al presente: “…Voy a festejar en tu mesa, dormiré en tu trébol ¿A quién le importa lo que traiga el mañana?...”

Sumida en las emociones de esa música, y con la facilidad mía de colocar la mente en otro lugar, en otro tiempo, no sé cómo, me vi sumergida en unas vacaciones de verano pasadas en el pueblo de mis padres, a mediados de los 60. Empecé poco a poco a bucear en ese momento y encontré recuerdos hermosos ¿De felicidad? Creo que sí, y lo era en un pequeño espacio, un pueblito de casas bajas, con una iglesia blanca, un ayuntamiento y una sola escuela, sin mar, sin montañas, solo un río con arboledas de álamos y moreras, además de muchas huertas.



Las imágenes de este lugar las componían hombres con mulos y burros transportando en grandes serones productos de los sembrados, mujeres acarreando agua en un cántaro depositado encima de una rodilla de tela sobre la cabeza, o en la cadera, mismo sitio donde, a veces, colocaban a sus niños de corta edad y cuando no era el agua o el niño, se trataba de un barreño de zinc lleno de ropa sobre el que ponían un lavadero de madera y en la mano libre una tajuela para arrodillarse y lavar sábanas, toallas, mudas… con jabón que ellas mismas hacían a base de aceite y grasas, añadiéndole sosa caustica.


El camino del río tenía este trasiego muy de mañana como aquel día en el que fuimos toda la familia, mi madre, mi padre, mi hermana, mi hermano, que ya era un adolescente un poco rebelde, y yo de 8 años. La víspera mi padre lo había propuesto, pero dijo que iríamos solo con pan en una cesta, algún utensilio de cocina, algo de aceite y sal, y una manta donde poder sentarnos, el resto lo conseguiríamos en el campo. Eso sí, recomendó a mi hermano que llevara su tirachinas fabricado por él mismo con un palo en forma de Y griega, una tira de goma elástica sacada de la cámara de un neumático y un trozo de cuero. Con qué facilidad creábamos en aquel entonces nuestros propios juguetes, el aro, el flotador y las muñecas hechas de trapo. La imaginación era una cualidad de la que íbamos sobrados. Esta surgía de nuestro interior. Ahora a los niños se lo damos todo imaginado y pensado. Ese día la cosa prometía. Por primera vez mi padre quería mostrarnos cómo se puede sobrevivir sin comida venida de la tienda- porque “a buen hambre no hay pan duro”- decía él. Andábamos por el camino del río felices, buscando un trozo de sombra a la orilla de este, para extender la manta y quizás bañarnos. Eso iba yo a hacer cuando mi padre sugirió que fuéramos de caza, si queríamos comer al mediodía. A mi hermana, solo dos años mayor que yo, y a mí, nos encantó la idea, pero mi hermano aceptó refunfuñando como venía siendo su costumbre últimamente. 



Mi madre se quedó a la orilla del río mientras nosotros íbamos cesta en mano, que mi hermana portaba, a buscar algo que llevarnos a la boca. Anduvimos por el campo entre chumberas y zarzales, que ya tenían zarzamoras, pues estábamos a mediados de agosto, recogimos unas cuantas, después vimos pájaros volar. Eran gorriones, mi hermano puso su tirachinas en marcha y consiguió dar a tres, luego el resto de los gorriones se echaron a volar espantados y los que aparecieron fueron algunos cuervos graznando, pero mi hermano no quería cazarlos, pues pensaba que no se podían comer, sin embargo, mi padre le dijo que adelante y de nuevo sacó a relucir otro refrán, esta vez era “ave que vuela a la cazuela”. Mi hermana y yo teníamos una cara de asco tremenda al ver el cuervo muerto, pero mi padre nos dijo que durante la guerra y la posguerra de España mucha gente tuvo que comer cuervos, ratas y hasta perros para no morir de hambre y añadió- “¡cuestión de supervivencia!”-. Seguimos nuestra marcha y luego cortamos algunos higos de las higueras que sobresalían por las vallas de piedra de las huertas. Los chumbos ya estaban maduros también, pero para que no nos sentaran mal, según mi padre, habría que haberlos recogido con las frescas, o sea, de madrugada. Llegamos un poco cansados del paseo por el campo, aunque a mi hermano aún le quedaron energías para subirse a una morera a hacerse con algunas moras blancas. Mi hermana se fue a llenar el botijo a una fuente situada a pocos pasos de allí, yo, por fin, pude bañarme. Entre tanto, mis padres se pusieron a desplumar los gorriones y el cuervo. Acto seguido encendieron un fuego con las ramas y trozos de madera que mi madre había encontrado por la orilla del río cuando estábamos fuera. Pusieron una sartén con aceite y frieron los pájaros y el cuervo troceado. Nos comimos sin rechistar los pájaros con un pedazo de pan, y de postre la fruta que habíamos recogido, pues cansados por el baño y la caminata, el almuerzo se convirtió en un placer aderezado por la fresca sombra de los árboles, que nos abanicaban con una leve brisa e incitaban a una siesta a la que mis hermanos y yo sucumbimos tras la comida.

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