miércoles, 15 de mayo de 2019

Recuerdos en blanco y negro (poema)





Recuerdos en blanco y negro
Caras de la infancia
envueltas en luces y sombras,
miradas frías, alegres, tiernas.
Fiestas olvidadas,
familia del ayer.
¡Cuántos sentimientos encerrados en  papel!
¡Cuántas nubes sin agua ni tormenta!
Son pasado con nostalgia,
pasado irreal, soñado.
Imágenes veladas en la mente,
juguetes del olvido.
Conservan impresas:
Navidades, cumpleaños con tarta,
bodas, bautizos, comuniones,
vidas huidas hacia el destino,
puentes que contemplan el fluir del tiempo,
los deseos perdidos,
 futuros desvanecidos,
 verdades ocultas.
Ellas no guardan la maldad,
solo el amor y la felicidad.
La desgracia fue rota en pedazos,
arrojada al viento del pasado.
El alma permanece en el álbum de fotos.


sábado, 27 de abril de 2019

El unicornio de Lucas ( Cuento de Navidad)



EL UNICORNIO DE LUCAS


En el piso de la familia Periñán, sus miembros se afanaban preparando maletas y paquetes, en especial Lucas de siete años, hijo único. Era un niño muy querido por unos padres volcados en su trabajo de profesores. Eduardo ejercía en un colegio de Primaria, al que iba Lucas y Sara en un Instituto de Secundaria. Para esta familia gaditana asentada en Madrid por motivos laborales, las vacaciones al lado de los abuelos (Padres de Eduardo, ya que los de Sara habían fallecido en un accidente de   avión ocurrido hacía diez años), constituía un tiempo de ocio, de tranquilidad en medio de una agitada vida cotidiana, con días cargados de trabajo, que finalizaban en un piso, donde el único contacto con la naturaleza, unas macetas de un balcón que daba al asfalto y un parque a media hora de su vivienda, suponía el único respiro. Las vacaciones, sobre todo las de Navidad, eran maravillosas para Lucas. En Chiclana le esperaban sus yayos, a los que adoraba. Lucas disfrutaba del jardín, de un perro con el que jugaba, de paseos por la marisma, por la playa y además su yayo le contaba unos cuentos que Lucas, al que le gustaba mucho leer, no conocía y le apasionaban.
Las seis horas de viaje se le pasaron a Lucas en un suspiro. Los abuelos los recibieron con mucha alegría. El salón del chalé estaba presidido por un enorme árbol de Navidad cuajado de bolas de colores y espumillones, acabado en una   estrella plateada y un angelito, a cuyos pies se extendía un precioso Belén con su portal, ríos y lavanderas, esparcidos por ese supuesto campo y monte de Judea, además de un sinfín de pastorcillos y ovejas. La casa de los abuelos desprendía una gran calidez. Para Lucas era un tiempo mágico, se trataba de una felicidad invisible que llenaba ese hogar apacible.
Al día siguiente, la lluvia hizo aparición en Chiclana y los planes de ir todos juntos al mercado a comprar los alimentos para Nochebuena y Navidad fueron cambiados. Lucas y su abuelo se quedarían en casa con la promesa de que el Yayo le contaría una bonita historia de Navidad. El nieto accedió, pues le constaba que don Enrique era un buen narrador y a él le encantaban sus cuentos.
Cuando se quedaron solos abuelo y nieto se sentaron en el sofá. Don Enrique un funcionario de ayuntamiento ya jubilado, muy aficionado a la lectura, comenzó este cuento:
Había una vez una familia que tenía un hijo llamado Pedrito, este tenía la misma edad que Lucas. Vivian en una humilde casa de campo, rodeada de una pequeña huerta. Los padres de Pedrito sembraban en ella lo necesario para vivir. También tenían una vaca, un cerdo y algunas gallinas. Desde luego eran pobres, pero parecían felices. Casi a diario, mientras María, la madre de Pedrito hacía el pan y la humilde comida, Alberto, el padre de Pedrito salía a cazar, casi siempre acompañado del niño y a veces traían alguna liebre, otras alguna perdiz y así iban tirando. Pedrito amaba el bosque, de hecho, cuando su padre en ciertas ocasiones se sentaba a dormir la siesta, Pedrito se dedicaba a hablar con los árboles, a veces les cantaba en voz baja las canciones que su madre le había enseñado siendo más pequeño. Su preferida era la del Romance del prisionero:
“Que por mayo era por mayo
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor...”


Estaba Pedrito cantando esta canción, cuando a lo lejos vio aparecer un hermoso caballo blanco, que galopaba a su alrededor. De pronto Pedrito pegó un salto, pues vio que este precioso caballo tenía un…, ¿defecto?, sí, no estaba soñando, tenía un cuerno en la frente y relinchaba mirando a Pedrito con ternura. Pedrito intentó despertar a su padre para que viera, él también, ese hermoso caballo que parecía haber surgido de la nada, pero su padre
dormía como un tronco. Pedrito se acercó al caballo, que se había detenido y bajaba la cabeza para que Pedrito lo acariciara. Este animal desprendía una energía cálida que Pedrito sentía en sus manos y en su cuerpo. Tras unos momentos vividos por el niño en una especie de ensueño, sintió que alguien le daba una palmadita en el hombro. Su padre le llamaba para marcharse a casa, pero Pedrito solo fue consciente de ello al sentir la mano del progenitor, que parecía no haber visto nada.
De vuelta a casa un gran problema les esperaba, los recaudadores de impuestos se habían llevado toda su comida incluidos el cerdo, la vaca y las gallinas. Navidad se acercaba y el hambre, que las pocas verduras que quedaban en el huerto, no había podido calmar, amenazaba peligrosamente sus vidas. La caza apenas cubría las necesidades más básicas. Pero Alberto sabía tallar la madera y tenía algunas figuritas que pretendía llevar al mercado la próxima semana. María le dijo a Pedrito que este año no vendrían los Reyes Magos. Pedrito comunicó a sus padres que no pasaba nada, aunque si a papá no le importaba le gustaría que le tallara un caballito con un cuerno en la frente. Al día siguiente cuando se despertó un hermoso caballito con un cuerno en la frente, yacía en su almohada. Pedrito le dio un fuerte abrazo a su padre, al cual se le caían las lágrimas por la emoción y la tristeza de ver que su familia tenía que pasar grandes penurias por culpa de la avaricia de unos poderosos señores que vivían a costa de la gente humilde.
Pedrito le contaba sus cosas al animalito de madera que se había convertido en su confidente y compañero de juegos. Llegó por fin el día del mercado, este se encontraba en la pequeña villa, centro de la comarca a cuatro   kilómetros de la casa de Pedrito. Al amanecer salieron padre madre e hijo con un saquito de figuritas talladas exquisitamente por Alberto. Este esperaba venderlas y poder salir de la miseria. Llegaron a la plaza de la villa, ocupada por gran cantidad de mercaderías y vecinos de toda la zona. Se instalaron en un rincón de esta. La gente los miraba a ellos y a sus figuritas, pero nadie mostraba intención de comprar. Hasta que apareció un grupo formado por una mujer rubia muy elegante, de mediana edad acompañada por otra, morena de edad parecida, pero vestida más modestamente, estas eran seguidas por una mula torda que portaba una especie de silla en la que iba sentado un chico un poco mayor que Pedrito, muy elegantemente vestido, pero muy delgado y con unos ojos oscuros enmarcados en unas grandes ojeras. Se ocupaba de la mula un muchacho de librea verde, el criado sin duda. El niño pidió a su madre que se pararan delante del puesto de las figuritas. A una señal del criado la mula torda se agachó y este puso la silla en el suelo, al lado del puesto de Pedrito. El niño de las ojeras se dirigió a Pedrito:
-      Buenos días -le dijo el niño elegante
-      Buenos días- Contestó Pedrito
-      ¿Qué clase de animal es el que tienes en tu mano?
-      Es un caballo con un cuerno en la frente-repuso Pedrito
-      ¿Me dejas tocarlo?
-      Claro, toma- dijo Pedrito entregándole el caballito.
-      ¡Es precioso y muy cálido! – Dijo el niño elegante- Es un unicornio-dijo el niño de la silla-. He leído una historia sobre este caballo.
-       ¿Cómo te llamas? - le preguntó el chico elegante a Pedrito
-      Pedro, ¿y tú?
-      Yo, Raúl.
-      ¿No puedes andar? – preguntó Pedrito
-       No. Cuando era más pequeño me puse enfermo con mucha fiebre y ya no puedo andar. El médico dice que sigo enfermo.
    
Raúl extendió la mano para devolverle el juguete, pero Pedrito dijo que se lo quedase, pues él lo necesitaba más. Le preguntó que cuánto valía y Pedrito alzó los hombros por toda respuesta.
La madre de Raúl compró algunas figuritas y les preguntó a los padres de Pedrito si podrían tallarle un juego de ajedrez. Alberto respondió que sí, que lo tendría en una semana, pero que necesitaba un modelo. Quedaron en que cuando acabara el mercado se pasarían por la casa de Raúl y así lo hicieron. Fueron recibidos por doña Enriqueta, la madre de Raúl que les mostró un juego de Ajedrez, esta entregó a Alberto un papel acompañado de un carboncillo. Alberto esbozó las figuras que tenía que tallar. Mientras estaba en esto, María observaba las riquezas de esta casa noble, como correspondía a los condes de la comarca y de pronto se asustó porque por una puerta vio salir a uno de los dos recaudadores de impuestos que los habían dejado en la ruina. María pegó un pequeño grito y Doña Enriqueta le preguntó que qué le pasaba. María le contó por encima su problema. Doña Enriqueta le dijo que se lo haría saber a su esposo, Conde a la sazón de esta comarca y seguro que tomaría medidas.
A la semana siguiente, la víspera de Nochebuena, Alberto acompañado de su esposa y de su hijo llamó a la puerta de la casa noble. Una sirvienta les hizo pasar a una sala de estar. Al poco aparecieron madre e hijo acompañados esta vez del padre. Todos con una cara sonriente.
Pero cuál no sería la sorpresa de Alberto, María y Pedrito al ver a Raúl andar por sí solo con la ayuda de un bastón.
Raúl se acercó a Pedrito y le dio un caluroso abrazo.
-      Querido Pedro- dijo Raúl- Desde el día en que me diste el unicornio, empecé a sentirme mejor, y he comenzado a andar.
-      Es cierto- declaró doña Enriqueta- Es como si el frío que invadía el cuerpo de mi hijo se hubiera marchado, devolviéndole la salud.
-      Perdonad- interrumpió Raúl- Este es mi padre
-      Me alegro de conocerlos, y les agradezco la felicidad que han traído a esta casa – se congratuló el señor conde.
-      ¿No olvidas algo Alfonso? - Interrumpió doña Enriqueta.
-      ¡Ah sí! - Contestó don Alfonso- He despedido y llevado ante la justicia   a mis dos recaudadores, pues estaban robando a todos los campesinos de la comarca, ya que solo pueden cobrar un diezmo de la producción de las granjas y no toda. -Al decir esto, entregó una bolsa de dinero a Alberto diciendo:
-      Esto os pertenece.
-      Me gustaría ver ese juego de Ajedrez que me habéis traído – dijo la Condesa.
Alberto lo sacó y lo expuso encima de la mesa. En verdad era una maravilla y tanto don Alfonso como doña Enriqueta se quedaron boquiabiertos ante tanta delicadeza de formas.  Doña Enriqueta susurró algo al oído de su marido. Tras unos instantes, esta les propuso quedarse a pasar la Nochebuena y la Navidad con ellos. Raúl estaba muy contento de poder compartir una fiesta tan entrañable con su nuevo amigo. A Pedrito también le encantaba la idea.
 Los dos días de fiesta transcurrieron felices para la familia noble y la campesina. Don Alfonso le ofreció un trabajo de carpintero a Alberto, además propuso a los padres de Pedrito que el niño estudiara al lado de su hijo. Con el tiempo Raúl y Pedrito se convertirían en amigos inseparables y tendrían un buen futuro juntos. Y fueron felices y comieron perdices y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
      El abuelo Enrique acabó el cuento y el nieto maravillado por esta hermosa historia, le dijo al abuelo:
-      ¿Sabes abuelo lo que voy a pedir a los Reyes Magos este año? Un Unicornio y solo eso.
-      Pero ¿Sabes una cosa Lucas? – Repuso el abuelo- La magia del unicornio solo funciona con las buenas personas, con las limpias de corazón.
-      Yo lo seré, seré bueno abuelo y diciendo esto Lucas le dio un fuerte abrazo a su yayo.


Don Aurelio y las UDI (Relato con 9 palabras que contienen las 5 vocales)


DON AURELIO Y LAS UDI



Don Aurelio era un señor de mediana edad. Define “mediana edad”, pues alguien con ¿Cincuenta y tantos? Lo dejaremos en “taitantos”. A simple vista se mostraba como una persona cortés que sabía muy bien qué palabras utilizar y cuándo utilizarlas. Se dedicaba a la enseñanza de Historia en un Instituto de Secundaria y Bachillerato en una pequeña ciudad. Sin duda tenía buen concepto de sí mismo, pues cuando se miraba al espejo sonreía subrepticiamente, muy pagado de sí mismo. Todas las tardes, tras dormir una “siestorra” de más de dos horas mientras su mujer arreglaba la cocina y veía su novela, la cogía del brazo, no sin antes animarla, por no decir, obligarla a que se vistiera con sus mejores galas. Siempre salían a pasear a lo largo de la calle Real, pavoneándose y luciéndola, pues, a pesar de que doña Güendolina era casi tan mayor como él, aún estaba de buen ver. Todo esto ocurría a diario, salvo los sábados por la tarde que don Aurelio se lo reservaba a sus amigos para jugar una partidita de cartas o dominó en el casino. Cualquiera presupondría que don Aurelio era un hombre feliz. No os engañéis, y ya lo decía Einstein: “Todo es relativo”. Siempre habría alguien mejor que él, más joven, más guapo, más listo, que además sería un hacha en informática, o sea, su nuevo compañero de Departamento, recién salidito del horno de las oposiciones. Este era un chaval moderno, simpático y con don de gentes, aunque su nombre sonase a antiguo, Eustaquio. Al chico le agradaba llamarse como su abuelo y su padre, porque sabía el significado de dicho nombre de origen griego, fértil o fecundo. Los alumnos que lo trataban casi de igual a igual lo llamaban Eus.
Don Aurelio, al cual era difícil apearle del “don”, había reinado en su Departamento como jefe entre interinos. Ahora temía ser destronado poco a poco por este joven.
A principios de curso Eus, que evidentemente aún no era jefe de Departamento, instó a don Aurelio a que hiciera cambios significativos en la Programación. Eus le decía que, según la nueva legislación, era obligatorio trabajar a través de las UDI (Unidad didáctica integrada) y eso a Aurelio le sonaba a chino, pues él no era persona que cambiara fácilmente, ya que padecía un gran y cómodo inmovilismo. Trabajar por UDI implicaría una transformación total de la Programación, casi una transmutación de su propia alma y a eso don Aurelio, le tenía muchos reparos…si me apuras, te diría que pánico, en consecuencia, haciendo uso de su habitual don de palabra, determinó que sería mejor producírselas cada uno, según su criterio y les dio un plazo de quince días. Al cabo de este tiempo aparecieron los tres interinos y Eus con sus UDI impecablemente preparadas y se las entregaron. Don Aurelio con gran euforia, se había pasado innumerables horas engullendo la nueva e infumable legislación, no le restaba tiempo para sus diarios paseos con doña Güendolina por la calle Real, no obstante, esta era feliz porque salía libremente con sus amigas, mientras que don Aurelio no comía ni dormía a cuenta de las dichosas UDI, las cuales estaban traumatizándole de por vida.
Ya solo faltaban cuarenta y ocho horas para la fatídica entrega y su estéril producción era ya evidente. Eus, buen chaval, inteligente donde los hubiera, había estado trabajando al mismo tiempo las UDI de su jefe y el último día a las nueve y media, cuando don Aurelio entró en el Departamento con cara de funeral, encontró una carpeta con la Programación completa y esta pudo ser entregada a tiempo. A partir de entonces se estableció una relación cordial entre ambos compañeros, que siguieron colaborando tres años más hasta la jubilación de Aurelio.

jueves, 3 de mayo de 2018

MA LIBERTÉ ENTRE DEUX MONDES (Chanson sans musique)



MA LIBERTÉ ENTRE DEUX MONDES
(Chanson sans musique)
Ta lueur est éteinte,
Ta fermeté est disparue,
Tu t’es encore trompé
Dans ta certitude.
Tu nous as inondés d’aigreur.
Hier mon amour a été brisé,
Ton âme s’est envolée
En nous laissant orphelins
Devant la vie.

Refrain
Approche-toi de la sagesse !
Viens vers la liberté,
Cherchons-la !
Épanouissons-nous ensemble !

Mes yeux se sont enfouis
Dans mes entrailles.
Ils sont descendus
Au temps passé.
De vieilles chansons sont montées
 Parfumer cette solitude,
Me rendant une partie de moi,
Celle qui n’a jamais été à tes côtés
Parce que tu ne la voyais pas.

Refrain
Approche-toi de la sagesse !
Viens vers la liberté,
Cherchons-la !
Épanouissons-nous ensemble !

Aujourd’hui je regarde ton souvenir de près
Et cela me fait si mal
Que les larmes aveuglent mes yeux
Elles me brulent et me vident.
Je ne te demanderai pas
Si tu veux que quelqu’un
Différent de toi partage mon destin
Je ne t’entends plus,
Tu es dans un autre monde.
Refrain
Approche-toi de la sagesse !
Viens vers la liberté,
Cherchons-la !
Épanouissons-nous ensemble. !

Lui, il le sait déjà
Demain je l’appellerai,
Il écoutera ma pensée,
Il ôtera les fils barbelés
Qui l’enfoncent dans la douleur
En lui laissant paralysé,
Sans souffle,
Enveloppé dans un voile d’anxiété
Sans amour ni affection.
Refrain
Approche-toi de la sagesse !
Viens vers la liberté,
Cherchons-la !
Épanouissons-nous ensemble !


miércoles, 17 de enero de 2018

Mi amiga Piluca (relato)




MI AMIGA PILUCA

         No recuerdo cómo nos hicimos amigas, porque eso fue hace miles de años, pero aún guardo en mi mente la imagen de la primera vez que la vi entrando por la puerta de clase. No era a principios de curso, ya faltaba poco para las Navidades y en el ambiente se respiraba una cierta excitación por los exámenes y las próximas vacaciones.  
Colegio de las Josefinas


A pesar de estar en 4º de Primaria- creo que teníamos unos nueve años-, en este colegio de monjas, el único de señoritas en Plasencia, todos los padres estaban muy preocupados por el libro de calificaciones. Supongo que les daba igual si sus hijas aprendían mucho o poco. Para ellos, lo importante era los numeritos de la cartilla de notas.  Piluca apareció en la clase con sus largas trenzas de pelo castaño, de aspecto frágil por su gran delgadez, tenía un par de ojos marrones colocados sobre unas grandes ojeras. Llevaba un uniforme viejo y descolorido, que habría pertenecido a otra alumna del colegio durante algunos años. 
Babi beige
Cabás de madera



En la mano derecha portaba un viejo cabás de madera y en la izquierda un babi beige. Entró en mitad de la clase de geografía e iba acompañada de sor María de la Cruz, esta le dijo algo al oído a sor Amelia. A nosotras, hartas de cantar los ríos de España, nos alegró la interrupción que venía a romper una monotonía insufrible y repetitiva. Se marchó la monja y sor Amelia anunció la nueva incorporación de esta alumna, se llamaba Pilar y venía de Asturias. Sor Amelia le indicó que se sentara en el único pupitre vacío situado al final del aula. Piluca se dirigió a él con la cabeza gacha y la espalda curvada, como si temiera llamar la atención. Su vergüenza o tristeza, creo que era una mezcla de ambas, la convertían en un personaje minúsculo al que le gustaría ser invisible. Todas la mirábamos con curiosidad, o por lo menos yo, aunque sé y me consta que otras chicas lo hacían con desprecio, quizás por su aspecto de pobre. A mí me intrigaba la historia de su vida, qué hacía en Extremadura una niña asturiana. Piluca depositó sobre el viejo pupitre de madera el cabás para poder ponerse el babi, luego se sentó y sacó un plumier, un cuaderno y un tintero, y del plumier  sacó una vieja pluma de madera.
plumier
 Después nos olvidamos de la nueva compañera que se sentaba detrás y continuamos con la canción de los ríos.  A la hora del recreo, bocadillo en mano, salimos todas del aula como cohetes. Piluca se quedó la última. Despacio y con la misma tristeza con la que se sentó en su sitio, se encaminó hacia el patio. Al llegar, fue hasta la pared para apoyarse, yo estaba cerca. Me dirigí hacia ella mientras desenvolvía mi enorme bocadillo de chorizo y empecé a darle mordiscos. Piluca permanecía apoyada en el mismo sitio, pero ella no comía, ni tenía nada en las manos.
– ¿Te llamas Pilar no?, Ella respondió:
- Me gusta que me llamen Piluca.
- ¿Quieres probar? - le dije acercándole a la boca mi bocadillo. Contestó con la cabeza que no.
Bocadillo de chorizo
-Mira que es chorizo de la matanza de mi pueblo y está buenísimo- insistí yo. Acto seguido, corté un buen pedazo y se lo puse en la mano. Ella dijo gracias, y se lo comió. Yo seguí alabando las bonanzas de ese bocadillo que había compartido con la nueva compañera.
Terminamos de reponer fuerzas en un santiamén.
-Venga, vamos a saltar a la comba con Luci, Carmen y Puerto- Ella me siguió sin rechistar y yo les pedí que nos dejaran participar en el juego.
- Bueno, pero os toca dar- Repusieron ellas- Cogí una punta de la cuerda, y Piluca la otra y empecé a cantar:
Saltar a la comba
-“Al pasar la barca me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero, yo no soy bonita ni lo quiero ser, tome usted los cuartos y a pasarlo bien…” – Piluca seguía callada, pero mecía la cuerda acompasadamente y las otras tres compañeras saltaban al ritmo de la canción.
La campana sonó y el recreo llegó a su fin, nos pusimos todas en fila y fuimos entrando en las aulas ordenadamente. Ahora tocaba religión. La mañana transcurrió sin novedad y llegó el fin de las clases, era la una y nos fuimos a casa a comer, pues a las 4 empezábamos de nuevo. Yo vivía a diez minutos del colegio y emprendí el regreso a mi casa ¡Qué casualidad, detrás de mí venía Piluca!, al darme cuenta la esperé.
– ¿Vives por aquí?
Calle Zapatería
– Sí-me contestó ella. ¡Qué coincidencia, que su casa estuviera en la misma calle que la mía! Ella vivía en el bajo de un viejo edificio y nosotros en un piso nuevo cuatro puertas más arriba. Le pregunté por su familia y me dijo que a su madre le habían dado la portería hacía una semana y que solo estaban su madre y sus dos hermanitos de dos y cinco años y que su padre murió en un accidente en la mina de Felguera, en Asturias, el pasado febrero.
Minas de Felguera (Asturias)
Cuando contaba esto su cara se ensombreció, parecía como si quisiera llorar y las lágrimas se le hubieran agotado. Muy seria y con un bonito acento castellano, continuó diciéndome que no eran de allí, sino de un pueblo de Santander que se llamaba Potes, pero llevaban viviendo dos años en Felguera porque su padre trabajaba en la mina de carbón. Tras la muerte de su progenitor, habían tirado con una minúscula indemnización por el accidente, pero les pidieron abandonar la casa de la compañía minera. A punto de quedarse sin dinero y en la calle, su madre llamó a una antigua amiga que vivía en Plasencia, esta le consiguió una portería con una pequeña paga mensual, pero por lo menos la vivienda, el agua y la luz eran gratis. La misma amiga de la madre le buscó a ella una plaza y una beca en el colegio de las Josefinas. En principio este colegio valía caro, aunque contaba con un pequeño número de becas para alumnas pobres y huérfanas que demostraran un buen aprovechamiento de los estudios. Piluca parecía tímida y le costaba hablar, pero mi curiosidad y mi empatía eran enormes. Pienso que Piluca lo supo enseguida, ya que se expresaba sin trabas. Le hablé de mi familia, de mis padres, del pueblo, en el que pasábamos el verano con mi abuela paterna, de la vida en el campo y de mis primos. A partir de ese día Piluca y yo íbamos siempre al colegio juntas.
Potes (santander)
 En muchas ocasiones quedábamos en mi casa para hacer las tareas de clase.  Yo, por mi parte, le dejé los deberes atrasados del trimestre, fue muy fácil, porque lo pillaba todo al vuelo, de hecho, esto nos sirvió de repaso para los exámenes. Así nos iba bien, porque a mí me gustaban las letras y a ella las ciencias, yo era gordita y ella flaca, no se podía ser más diferentes y sin embargo nos teníamos mucho cariño, éramos uña y carne, además de excelentes compañeras y buenas estudiantes. A ella le encantaba merendar conmigo mientras veíamos el programa de los Chiripitiflaúticos: Locomotoro, Valentina, el Capitán Tan y el Tío Aquiles, no nos lo perdíamos ningún día, acto seguido nos poníamos con las tareas de clase.
Los Chiripitiflaúticos
A veces acompañaba a Piluca su hermanito Tirso, que se llamaba así por el santo de su pueblo, solo tenía cinco años, se portaba muy bien. Mi madre estaba encantada con mis nuevas amistades, ella decía que Tirso era muy tierno y se lo comía a besos como si fuera su propio hijo. Mamá tenía un carácter alegre y optimista como yo, de hecho, nos parecíamos mucho. 

Pollo relleno
Para la cena de Nochebuena ella cocinó tres pollos rellenos y uno se lo llevé a casa de Piluca, ellas me dieron unos sobaos que habían preparado para las fiestas. Mi madre entabló rápidamente amistad con Ana, la madre de Piluca y de vez en cuando iban juntas a la parroquia a oír misa o a las reuniones de Acción Católica. En ese momento nos quedábamos Piluca y yo en su casa cuidando de la portería, de Tirso y de Toño, el más pequeño. Mi madre se llevaba bien con Ana y la animaba, pues aún no se había recuperado de la muerte de su marido e intentaba echarles una mano y cuando nos traían productos del pueblo, siempre había una parte para la familia de Piluca.
Sobaos pasiegos
Acabamos sexto de Bachillerato en el colegio con 17 años e hicimos COU juntas en el Instituto “Gabriel y Galán”, sacamos muy buenas notas y decidimos ir a estudiar a Salamanca, yo hice Filología francesa y ella Matemáticas puras. La suerte le seguía sonriendo porque obtuvo una beca salario y pudo terminar sus estudios sin problemas. En verano daba clases particulares y yo viajaba a Francia, pero nos mandábamos postales y largas cartas donde nos contábamos nuestras cuitas amorosas y nos pedíamos consejo la una a la otra. 
Boda de Ana

Piluca era la hermana que nunca tuve. Hicimos oposiciones el mismo año en Madrid y las aprobamos, pero nuestros primeros trabajos en Institutos, hasta obtener la plaza definitiva, fueron en puntos distantes. Yo elegí Andalucía porque allí quería vivir con el que sería el padre de mi hija. Almuñécar fue mi primer destino. Ella quiso volver a Santander. 

Hubo un tiempo en el que no nos escribíamos, supongo que estábamos muy atareadas creando nuestras vidas futuras. Su madre había vuelto a Potes, tras heredar una casa de una tía. Sus hermanos terminaron los estudios en Santander. Los tres hijos se ocupaban de la madre para que no le faltara de nada. 
Llegó mi boda, por supuesto, la invité a ella y a su familia, a la que acudieron sin dudarlo. Este día se convirtió en el más feliz de mi vida y no solo por casarme, sino también porque volvía a tener presente a mi amiga del alma, a la que vería con más frecuencia. Ella se casó dos años después y aunque estuviéramos lejos, de vez en cuando, Piluca con su marido y su niño venían a vernos, lo mismo hacíamos nosotros con nuestra niña. Jamás dejamos el contacto hasta el punto de que las vacaciones de verano las pasábamos juntos. 
María Pilar con sus dos abuelas


Al final nuestros hijos, que eran de la misma edad, se hicieron novios, se casaron y tuvieron una hija. Piluca y yo fuimos abuelas de una preciosa nieta, a la que llamaron María Pilar, María por su abuela materna y Pilar por su abuela paterna. Aquí podría decirle a mi amiga Piluca aquello de “amigas para siempre” y consuegras, por qué no.



viernes, 11 de agosto de 2017

Sombra y sueño (Poema)







SOMBRA Y SUEÑO

Jugando en la dispersión
de una vida sin fronteras,
te perdiste en la variedad
de la nada vacía.
Te fugaste en pos
de una sombra ligera y segura.
Forjaste un sueño sencillo
que curara las heridas
de una vida sin pausa.
Brotó un espectro frío.
Su gris hielo te invadía
 día tras día.
Tu pelo se volvía ceniza.
Tu corazón era fuego,
volcán extinguiéndose
en una sombra y un sueño.
Ella anhelaba.
Se quedó dormida
contemplando la sombra
alejarse y desaparecer,
odiando esa mente encendida,
que no pudo apagar
con su frialdad,
volando hacia la luz
de los mundos