MI
AMIGA PILUCA
No recuerdo cómo nos hicimos amigas,
porque eso fue hace miles de años, pero aún guardo en mi mente la imagen de la
primera vez que la vi entrando por la puerta de clase. No era a principios de
curso, ya faltaba poco para las Navidades y en el ambiente se respiraba una
cierta excitación por los exámenes y las próximas vacaciones.
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| Colegio de las Josefinas |
A pesar de estar en 4º de Primaria- creo que
teníamos unos nueve años-, en este colegio de monjas, el único de señoritas en
Plasencia, todos los padres estaban muy preocupados por el libro de
calificaciones. Supongo que les daba igual si sus hijas aprendían mucho o poco.
Para ellos, lo importante era los numeritos de la cartilla de notas. Piluca apareció en la clase con sus largas
trenzas de pelo castaño, de aspecto frágil por su gran delgadez, tenía un par
de ojos marrones colocados sobre unas grandes ojeras. Llevaba un uniforme viejo
y descolorido, que habría pertenecido a otra alumna del colegio durante algunos
años.
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| Babi beige |
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| Cabás de madera |
En la mano derecha portaba un viejo cabás de madera y en la izquierda un
babi beige. Entró en mitad de la clase de geografía e iba acompañada de sor
María de la Cruz, esta le dijo algo al oído a sor Amelia. A nosotras, hartas de
cantar los ríos de España, nos alegró la interrupción que venía a romper una
monotonía insufrible y repetitiva. Se marchó la monja y sor Amelia anunció la
nueva incorporación de esta alumna, se llamaba Pilar y venía de Asturias. Sor
Amelia le indicó que se sentara en el único pupitre vacío situado al final del
aula. Piluca se dirigió a él con la cabeza gacha y la espalda curvada, como si
temiera llamar la atención. Su vergüenza o tristeza, creo que era una mezcla de
ambas, la convertían en un personaje minúsculo al que le gustaría ser
invisible. Todas la mirábamos con curiosidad, o por lo menos yo, aunque sé y me
consta que otras chicas lo hacían con desprecio, quizás por su aspecto de
pobre. A mí me intrigaba la historia de su vida, qué hacía en Extremadura una
niña asturiana. Piluca depositó sobre el viejo pupitre de madera el cabás para
poder ponerse el babi, luego se sentó y sacó un plumier, un cuaderno y un
tintero, y del plumier sacó una vieja pluma de madera.
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| plumier |
Después nos olvidamos de
la nueva compañera que se sentaba detrás y continuamos con la canción de los
ríos. A la hora del recreo, bocadillo en
mano, salimos todas del aula como cohetes. Piluca se quedó la última. Despacio
y con la misma tristeza con la que se sentó en su sitio, se encaminó hacia el
patio. Al llegar, fue hasta la pared para apoyarse, yo estaba cerca. Me dirigí
hacia ella mientras desenvolvía mi enorme bocadillo de chorizo y empecé a darle
mordiscos. Piluca permanecía apoyada en el mismo sitio, pero ella no comía, ni
tenía nada en las manos.
– ¿Te llamas Pilar no?, Ella respondió:
- Me gusta que me llamen Piluca.
- ¿Quieres probar? - le dije acercándole
a la boca mi bocadillo. Contestó con la cabeza que no.
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| Bocadillo de chorizo |
-Mira que es chorizo de la matanza de mi
pueblo y está buenísimo- insistí yo. Acto seguido, corté un buen pedazo y se lo
puse en la mano. Ella dijo gracias, y se lo comió. Yo seguí alabando las
bonanzas de ese bocadillo que había compartido con la nueva compañera.
Terminamos de reponer fuerzas en un
santiamén.
-Venga, vamos a saltar a la comba con
Luci, Carmen y Puerto- Ella me siguió sin rechistar y yo les pedí que nos
dejaran participar en el juego.
- Bueno, pero os toca dar- Repusieron
ellas- Cogí una punta de la cuerda, y Piluca la otra y empecé a cantar:
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| Saltar a la comba |
-“Al pasar la barca me dijo el barquero,
las niñas bonitas no pagan dinero, yo no soy bonita ni lo quiero ser, tome
usted los cuartos y a pasarlo bien…” – Piluca seguía callada, pero mecía la
cuerda acompasadamente y las otras tres compañeras saltaban al ritmo de la
canción.
La campana sonó y el recreo llegó a su
fin, nos pusimos todas en fila y fuimos entrando en las aulas ordenadamente.
Ahora tocaba religión. La mañana transcurrió sin novedad y llegó el fin de las
clases, era la una y nos fuimos a casa a comer, pues a las 4 empezábamos de
nuevo. Yo vivía a diez minutos del colegio y emprendí el regreso a mi casa ¡Qué
casualidad, detrás de mí venía Piluca!, al darme cuenta la esperé.
– ¿Vives por aquí?
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| Calle Zapatería |
– Sí-me contestó ella. ¡Qué
coincidencia, que su casa estuviera en la misma calle que la mía! Ella vivía en
el bajo de un viejo edificio y nosotros en un piso nuevo cuatro puertas más
arriba. Le pregunté por su familia y me dijo que a su madre le habían dado la
portería hacía una semana y que solo estaban su madre y sus dos hermanitos de
dos y cinco años y que su padre murió en un accidente en la mina de Felguera,
en Asturias, el pasado febrero.
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| Minas de Felguera (Asturias) |
Cuando contaba esto su cara se ensombreció,
parecía como si quisiera llorar y las lágrimas se le hubieran agotado. Muy
seria y con un bonito acento castellano, continuó diciéndome que no eran de
allí, sino de un pueblo de Santander que se llamaba Potes, pero llevaban
viviendo dos años en Felguera porque su padre trabajaba en la mina de carbón.
Tras la muerte de su progenitor, habían tirado con una minúscula indemnización
por el accidente, pero les pidieron abandonar la casa de la compañía minera. A
punto de quedarse sin dinero y en la calle, su madre llamó a una antigua amiga
que vivía en Plasencia, esta le consiguió una portería con una pequeña paga
mensual, pero por lo menos la vivienda, el agua y la luz eran gratis. La misma
amiga de la madre le buscó a ella una plaza y una beca en el colegio de las
Josefinas. En principio este colegio valía caro, aunque contaba con un pequeño
número de becas para alumnas pobres y huérfanas que demostraran un buen
aprovechamiento de los estudios. Piluca parecía tímida y le costaba hablar,
pero mi curiosidad y mi empatía eran enormes. Pienso que Piluca lo supo
enseguida, ya que se expresaba sin trabas. Le hablé de mi familia, de mis
padres, del pueblo, en el que pasábamos el verano con mi abuela paterna, de la
vida en el campo y de mis primos. A partir de ese día Piluca y yo íbamos
siempre al colegio juntas.
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| Potes (santander) |
En muchas ocasiones quedábamos en mi casa para hacer
las tareas de clase. Yo, por mi parte,
le dejé los deberes atrasados del trimestre, fue muy fácil, porque lo pillaba
todo al vuelo, de hecho, esto nos sirvió de repaso para los exámenes. Así nos
iba bien, porque a mí me gustaban las letras y a ella las ciencias, yo era
gordita y ella flaca, no se podía ser más diferentes y sin embargo nos teníamos
mucho cariño, éramos uña y carne, además de excelentes compañeras y buenas
estudiantes. A ella le encantaba merendar conmigo mientras veíamos el programa
de los Chiripitiflaúticos: Locomotoro, Valentina, el Capitán Tan y el Tío Aquiles,
no nos lo perdíamos ningún día, acto seguido nos poníamos con las tareas de
clase.
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| Los Chiripitiflaúticos |
A veces acompañaba a Piluca su hermanito Tirso, que se llamaba así por
el santo de su pueblo, solo tenía cinco años, se portaba muy bien. Mi madre
estaba encantada con mis nuevas amistades, ella decía que Tirso era muy tierno
y se lo comía a besos como si fuera su propio hijo. Mamá tenía un carácter
alegre y optimista como yo, de hecho, nos parecíamos mucho.
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| Pollo relleno |
Para la cena de
Nochebuena ella cocinó tres pollos rellenos y uno se lo llevé a casa de Piluca,
ellas me dieron unos sobaos que habían preparado para las fiestas. Mi madre
entabló rápidamente amistad con Ana, la madre de Piluca y de vez en cuando iban
juntas a la parroquia a oír misa o a las reuniones de Acción Católica. En ese
momento nos quedábamos Piluca y yo en su casa cuidando de la portería, de Tirso
y de Toño, el más pequeño. Mi madre se llevaba bien con Ana y la animaba, pues
aún no se había recuperado de la muerte de su marido e intentaba echarles una
mano y cuando nos traían productos del pueblo, siempre había una parte para la
familia de Piluca.
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| Sobaos pasiegos |
Acabamos sexto de Bachillerato en el
colegio con 17 años e hicimos COU juntas en el Instituto “Gabriel y Galán”,
sacamos muy buenas notas y decidimos ir a estudiar a Salamanca, yo hice
Filología francesa y ella Matemáticas puras. La suerte le seguía sonriendo
porque obtuvo una beca salario y pudo terminar sus estudios sin problemas. En
verano daba clases particulares y yo viajaba a Francia, pero nos mandábamos
postales y largas cartas donde nos contábamos nuestras cuitas amorosas y nos
pedíamos consejo la una a la otra.
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| Boda de Ana |
Piluca era la hermana que nunca tuve.
Hicimos oposiciones el mismo año en Madrid y las aprobamos, pero nuestros
primeros trabajos en Institutos, hasta obtener la plaza definitiva, fueron en
puntos distantes. Yo elegí Andalucía porque allí quería vivir con el que sería
el padre de mi hija. Almuñécar fue mi primer destino. Ella quiso volver a
Santander.
Hubo un tiempo en el que no nos escribíamos, supongo que estábamos
muy atareadas creando nuestras vidas futuras. Su madre había vuelto a Potes,
tras heredar una casa de una tía. Sus hermanos terminaron los estudios en
Santander. Los tres hijos se ocupaban de la madre para que no le faltara de
nada.
Llegó mi boda, por supuesto, la invité a ella y a su familia, a la que
acudieron sin dudarlo. Este día se convirtió en el más feliz de mi vida y no
solo por casarme, sino también porque volvía a tener presente a mi amiga del
alma, a la que vería con más frecuencia. Ella se casó dos años después y aunque
estuviéramos lejos, de vez en cuando, Piluca con su marido y su niño venían a
vernos, lo mismo hacíamos nosotros con nuestra niña. Jamás dejamos el contacto
hasta el punto de que las vacaciones de verano las pasábamos juntos.
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María Pilar con sus dos abuelas
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Al final
nuestros hijos, que eran de la misma edad, se hicieron novios, se casaron y
tuvieron una hija. Piluca y yo fuimos abuelas de una preciosa nieta, a la que
llamaron María Pilar, María por su abuela materna y Pilar por su abuela paterna.
Aquí podría decirle a mi amiga Piluca aquello de “amigas para siempre” y
consuegras, por qué no.
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