martes, 4 de julio de 2017

Mi casa me habla (relato)


Hola, me llamo Puri  y mi marido Carlos. Acabamos de comprar una casa en Chiclana de la Frontera. ¿Conocéis Chiclana?... No,…  no es mi tierra. No soy gaditana. Que de dónde soy. Yo también me lo he preguntado muchas veces. Supongo que quien soy, es un “rebujo”, como reza en la entrada de nuestra vivienda. Supongo que soy  una amalgama de componentes diversos. Nací en Melilla, que ninguna huella dejó en mí.  Al cumplir yo los tres años, nos fuimos de allí, porque  mi padre se iba a la reserva (no a la de los indios) a la del ejército. El Ministerio de Defensa a finales de los cincuenta dio esa opción a los militares que quisieran irse antes de la edad reglamentaria. No sé, quizás hubiera un excedente de aquellos soldados que, al terminar la guerra,  hicieron de la mili su profesión. Si se iban, les prometían destinos civiles, como así fue para mi progenitor que aún era joven. Probablemente no  habría nada de este lugar que perdurase en mí, sino fuera por los recuerdos trasmitidos a través de mis padres y las escasas fotos en las que aparecemos en la ciudad norteafricana. Más adelante, iría a Melilla en una corta  visita turística. Sin embargo, de aquel pueblo extremeño, Carcaboso, de donde procedía mi familia,  al cual regresamos todos, mis hermanos adolescentes aún, y yo muy pequeña, me vienen a la memoria ciertos flases muy significativos que me han dejado felices recuerdos… Bueno Puri, ya está bien, “siempre te desvías del tema”, me lo digo a misma,  en lugar de mi marido, que muy a menudo, me insta a ir al grano, y no sin razón, pero qué queréis que os diga,  me encanta contar cosas de mi vida, yo comprendo que él necesite silencio cuando llega a casa harto de hablar con los alumnos de mecánica, pues da clases en un Instituto de Secundaria. En realidad, yo no quería ahora contaros mis orígenes, quizás otro día. La intención que tenía era hablaros de la casa de Chiclana, bueno del chalé. Es que… me da un poco de corte referirme a mi vivienda en estos términos. Cuando oímos la palabra  “chalé” automáticamente nos hacemos una idea, de opulencia y abundancia. No sé si vosotros sentís como yo, algo de pudor al mencionar tal término. Es verdad que solemos incurrir fácilmente en el cliché de sabernos ante una familia adinerada y sobrada de euros y pocas veces se nos ocurre, que detrás de esta apariencia haya una inmensa e inacabable hipoteca, que se paga con grandes esfuerzos. Desde luego nos lo hemos pensado detenidamente, antes de dejar la cuenta de ahorros vacía. Por el contrario, o al menos yo lo pienso así, cuando la gente se compra un piso no creemos que sea  rica o que disfrute de una holgada situación económica. Se piensa que el que adquiere un piso, es alguien que está esclavizado por la susodicha hipoteca. Si pudiéramos revisar las cuentas bancarias de unos y otros, nos llevaríamos grandes sorpresas, pero esos asuntos pertenecen al ámbito de lo privado y es mejor que no nos hagamos ninguna idea. Ya me estoy  yendo otra vez, por los cerros de Úbeda. Volvamos a mi casa, que es de lo que estamos hablando. Esta no es lujosa, aunque sí coqueta y cómoda. Los muebles, heredados del anterior propietario, los hemos reciclado con  una mano de pintura, de esta forma han recobrado, una vida que creíamos extinguida. Los colores que elegimos para las paredes iban en función de la claridad, o mejor dicho, de la falta de ésta, pues si la orientación del chalé es hacia el norte (como es nuestro caso), al ser planta baja, el sol brilla por su ausencia, por eso  elegimos colores claros y vivos. El cuarto de baño es un íntimo lugar con lo necesario para la higiene diaria, pero tiene una gran particularidad, cada cierto tiempo suspira. Sí, sí, no estoy delirando ni nada parecido…Emite un sonido de aspiración intenso, así como ¡isffffsssfaaah!...No os riais, de verdad que suena así. Seguro que será la cisterna, pero no hay por qué alarmarse, no pierde agua. Y luego está la cocina, que el propietario anterior nos dejó perfectamente  equipada. ¡Menos mal!, pues nos habríamos tenido que conformar con una hornilla de gas y cuatro armarios de formica, en lugar de la vitro digital y varios muebles de madera lacada, más la lavadora-secadora, el lavavajillas, (Modesto baja que viene Puri)… ¡Perdón...! Es que ¡me encanta!, eso fue lo que más me atrajo a mí para que nos decidiéramos  por ella. La cocina también tiene sus ruidos, o más bien chasquidos que durante la noche se hacen evidentes.

La sorpresa me la llevé yo la primera noche que dormimos en la recién adquirida casa. Estábamos muy cansados de limpiar, de abrir cajas y maletas y llegó la hora de estrenar cama, que fue lo único que compramos. Era la una de la madrugada y los nervios y el cansancio me impedían conciliar el sueño. Mi marido cayó fulminado hacia el abismo de las profundidades oníricas y yo, de difícil dormir, me quedé en la oscuridad escuchando el silencio de la noche y revisando mentalmente todo lo acontecido desde la entrega de llaves. De pronto, el silencio nocturno fue roto por una radio que se puso en marcha con grandes interferencias. Mi corazón empezó a latir desenfrenadamente, me levanté y encendí luces, el sonido procedía de una caja de cartón aún cerrada. La abrí y allí encontré el aparato responsable de tanto escándalo, un transistor antiguo, agotado, cuyas pilas habrían recuperado fuerzas y caprichosamente, o vete tú a saber por qué, retomó su antigua rutina sin que mano alguna interviniera en ello. Lo apagué y  volví a la cama a intentar sumergirme en un sueño reparador que no acababa de llegar. De nuevo, otro ruido me devolvió a la realidad de las paredes de mi casa, pero ya me era familiar esa especie de suspiro que emitía la cisterna del inodoro, hasta el punto de hacerlo repetidas veces en un espacio de una media hora. Otra vez me volví a incorporar y cerré a cal y canto la puerta del baño y parece que el sonido se amortiguó. Me fui de prisa buscando el descanso de las sábanas, temiendo que la noche se me esfumara en blanco. A mi lado Carlos seguía entregado a un sueño profundo con su respirar ruidoso, de intensidad media, aunque la fuerza de la costumbre había conseguido que no me fuera molesto escuchar sus, y ahora me atrevo a decirlo “ ronquidos”… Para mi gusto, acompasados y afinados, que lejos de provocar en mí el insomnio esperado, me invitaban al sueño. Pensando en esto, casi perdí la consciencia y quizás me transpuse un poco. Nuevamente, un gran chasquido me puso en alerta, creo que provenía de la cocina. Esta vez, no supe muy bien de qué se trataba, posiblemente serían las paredes, o a lo mejor el  frigorífico, que al estar lleno ahora,  el motor necesitaría más fuerza y cuando se paraba producía  un fuerte ruido que dejaba en el oído un vacío sonoro. También cerré la puerta de la cocina… En estas, y ya en medio de la noche, me levanté a abrir la ventana, sentía algo de calor. Ya estábamos a principios del otoño, pero aún el verano se resistía a dejarnos y algunas noches eran más cálidas de lo que cabía esperarse. Me volví a  acostar, ya sí, con gran predisposición a dormir. No había pasado más de 15 minutos cuando sonó un fuerte estruendo, como si una cascada de agua hubiera empezado a fluir al lado de la ventana… En ese momento sí que empecé a tener miedo. Algo se había roto, pero qué. Pensé entonces en despertar a Carlos, pero me dio pena porque dormía a pierna suelta. Al final decidí salir yo al jardín para ver qué ocurría. Encendí las luces de afuera, abrí la puerta de casa y fui en pos del ruido. Cuál sería mi sorpresa cuando vi que se trataba de la piscina. Por lo visto, la depuradora se ponía en marcha automáticamente todas las noches a la misma hora para limpiar el agua y si hacía un ruido tremendo, era porque tendríamos que haberla llenado hasta los bordes.  Por fin, y ya casi de día volví a la cama, pero esta vez me quedé frita en un santiamén. Cuando amanecí a altas horas de la mañana, me encontré a Carlos colgando cuadros y mientras desayunábamos le conté mis peripecias nocturnas. Él, sonriendo afirmó que esa era la señal de que la casa estaba viva y pretendía comunicarse y adaptarse a sus nuevos dueños y esos ruidos no eran sino las conversaciones que ésta entablaba con sus habitantes, gracias al silencio del lugar.

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