martes, 4 de julio de 2017

Aterrizaje en la ciudad de la luz (Relato)


El paisaje le resultaba familiar, de un increíble verde esmeralda que se extendía hasta el horizonte salpicado de grises montículos que rompían, cada pocos metros, la uniformidad del color intenso. La soledad era su absoluta compañía. A pesar de estar  rodeada de una naturaleza exuberante,  sentía una  tristeza inconmensurable, todo aquello le hería más allá del cuerpo.
Se dirigía hacia el sol y a medida que avanzaba, la luz le proyectaba imágenes llenas de ternura, aparecían sus niños  de pequeños paseando por el parque, haciendo los deberes, abrazándola. Más adelante sus hijos viajaban en tren, en autobús, en metro, en avión. Atravesaban nubes de nieve y agua. El  viaje parecía prolongarse hasta el infinito. Esta sensación le provocaba  lágrimas que brotaban desde las profundidades de la tierra, la inundaban,  se convertían en sollozo  sumergiéndola en un marasmo insalvable. Ella, que adoraba la actividad, que siempre estaba ideando formas de complacer a la gente, de hacer la vida más fácil a los demás, ahora se sentía impotente. Sus niños le reclamaban la carne y la piel.  Perdía masa corporal  llegando a ser casi invisible. Una vez quiso liberarse de esa esclavitud que la anulaba e hizo acopio de una voz débil  apenas audible, por lo que decidió aumentar la intensidad. Los dos mayores acudieron a la llamada de la sangre, pero a lo largo de la adolescencia habían olvidado esa  voz y ya no la oían.
 Con parte  del alma amputada seguía caminando hacia el sol. Ahora vivía en otro mundo paralelo, respirando el mismo aire. En las noches de luna llena salía a preguntarle al satélite, si él sabía dónde estaba su piel, por qué no volvía a ella.
El tiempo pasaba a veces vivo y a veces muerto. Poco a poco aprendía a vivir, pero su alma no era una recién nacida, dos partes de ella se habían vuelto grises y desiertas. Cada día se miraba el rostro en el espejo y descubría otro surco vacío al lado de las dos penas y también una flor que nacía madura llenándola de amor y tranquilidad, pero sus dos penas continuaban creciendo en el alma madura y ese sol nuevo la seguía calentando y proyectando rayos de claridad que alumbraban la realidad.
De pronto alguien le agarró  la mano y  este contacto le produjo un bienestar, podría ser la felicidad que venía a visitarla tras años grises. Se trataba quizás de su niña pequeña, de su marido, o de sus raíces en la tierra. La mano  de la niña la guiaba hacia uno de los montículos grises, lo rodearon y encontraron una puerta. La pequeña puso el pulgar sobre ella  y esta se abrió, entró e invitó a su madre a hacer lo mismo. La madre permanecía en el umbral, no podría soportar otra pérdida, volver a vivir otro tiempo de dolor, sería demasiado, pero la hija no soltaba a la madre y el amor seguía entre ellas y se decidió. Al pasar por la puerta, la música más bella del mundo sonaba, sería el paraíso, sí, sin duda, porque olía a azahar y a rosas, era lo más bello que podía escuchar y oler y al fondo de esa maravillosa estancia, dos siluetas ¡Oh no...No era posible! Se trataba de ellos… que se lanzaron a los brazos de la madre. Ella con lágrimas en los ojos los abrazaba y escuchaba ¡¡Mamá te queremos, hemos vuelto!! Después la madre sintió en el estómago un cosquilleo y abrió los ojos cuando oyó por el altavoz del avión el clic que invitaba a desabrocharse los cinturones. Al lado  su marido permanecía sentado y en el asiento delantero su hija con el novio.
Recogieron el equipaje de mano y se dispusieron a bajar del avión, en la ciudad de la luz.  En la salida del aeropuerto vieron a mucha gente encontrarse y abrazar a otra. Ellos tendrían que coger un taxi hasta el hotel…De pronto vio que dos parejas agitaban las manos en su dirección, no estaba segura si era para ellos, pero a medida que se acercaban… ¡No…aún estaba soñando…! ¡Sí, eran ellos…! Los hijos que la habían repudiado años atrás. Corrieron hacia ella y la abrazaron tan fuerte que le faltaba el aire, pero esta vez las palabras quedaron ahogadas por la emoción.
 El reencuentro  en la ciudad que tanto amaba su madre lo había organizado la hija pequeña. París, la ciudad de la luz, les había proporcionado la reconciliación y un poco de felicidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario