miércoles, 5 de julio de 2017

Dos noches en blanco de una estudiante de Salamanca (Relato)



La idea de este relato surgió en los primeros días grises de este otoño, estando sentada cómodamente en mi sillón anatómico, de esos a los que solo les falta hablar. Me acababa de jubilar  y por fin tenía todo el tiempo del mundo para leer con tranquilidad los libros que se me antojasen, aunque ahora estaba en la lectura de los cuatro  cuentos de Ignacio Aldecoa prescritos en la tertulia literaria de la  asociación de profesores jubilados. Habían caído ya  El hombrecillo que nació para actor y  El loro antillano, me disponía a abordar, no sin algo de reticencia, el cuento siguiente: Pájaros y espantapájaros y no sé por qué, quizás por el tipo de literatura que representa Ignacio Aldecoa, quizás por su vinculación a Salamanca en los primeros años  de estudiante universitario, me vinieron a la mente mis propios años como estudiante de Salamanca, pero no voy a relatar aquí los día en las aulas, a saber: los madrugones, las clases tipo adormidera o emocionantes hasta derramar lágrimas de gusto y las notas con algún que otro suspenso, porque de todo hubo en esta época. Lo que aquí voy a narrar son dos noches que se han quedado en mi memoria, espero que para siempre, dado que la madurez implica una saturación de vivencias que nuestro subconsciente se encarga de colocar y hasta de esconder, aún no sé si arbitrariamente.  No temáis, que no me voy a meter en disquisiciones sicológicas que  expliquen el porqué de estos recuerdos preferidos que afloran con facilidad.
La primera noche  data de mi segundo año de universidad. Aquel  sábado había quedado con algunos amigos: una pareja de estudiantes de filosofía pura de la Pontificia, un amigo estudiante de medicina y una amiga ya maestra en paro, que acababa de llegar de Chiclana en busca de trabajo. Estábamos en casa de otras dos amigas estudiantes de enfermería que vivían en una planta baja bastante antigua. Después de tomarnos unos bocadillos para cenar, pusimos algo de música y empezamos a charlar sobre espiritismo, la aguija y otros misterios, pues la casa y el momento de la noche nos invitaban a eso. Mis amigos los filósofos, habían oído hablar de algo llamado psicofonías, que por lo visto eran voces de otro tiempo en el aire. Estas ondas, por llamarlo de alguna manera, se podían captaban a través de aparatos de grabación simples (estamos hablando de mediados de los 70), menos mal, porque los estudiantes no demasiado ricos teníamos radiocasetes y poco más. Alguien sacó una cinta virgen y la introdujo en un elemental aparato para grabar las preguntas que se hicieran. Nos habíamos sentado alrededor de una mesa camilla, teníamos una luz tenue, quizás la de un flexo. Todos estábamos medio dormidos, nadie hablaba y pusimos en modo grabación el casete. Entonces tomó la palabra el de filosofía que con voz seria dijo: “-Si hay alguien presente que se manifieste-guardó un momento de silencio y luego prosiguió-, vamos a preguntarte quién eres”-Estas fueron las únicas palabras que se pronunciaron  en medio de la grabación. Acto seguido rebobinamos la cinta y procedimos a la escucha y cuál sería nuestra sorpresa cuando oímos, claro está, la voz de nuestro amigo diciendo que  si había alguien presente se manifestara y durante esta frase se oía una voz que decía:” Por amor, haced preguntas” y creo que la repetía dos veces. Después seguía la frase de mi amigo: “Vamos a preguntarte quién eres”  y simultáneamente, suponemos que la misma voz, decía: “taita” (lo repetía dos o tres veces) y había un “¡No, no, no!” A todos se no erizó el bello. La otra estudiante de filosofía dijo que mientras esto sucedía,  se le había pasado por la cabeza la imagen de un niño que una mujer bañaba en un barreño de zinc y que lo ahogaba en el mismo. Tenemos que aclarar que la cinta virgen no era de ninguno de los de filosofía (por si diera pie a susceptibilidades), sino de las chicas de la casa. La misma noche miramos en el diccionario la  palabra que habíamos escuchado, y os diré que “taita” es una palabra de origen latino con la que el niño llama a sus padres o a quien le cuida. Estuvimos toda la noche juntos con miedo a irnos a casa y durante varios meses se nos quedó esta sensación de haber rayado en lo desconocido, en el ¿más allá?

La siguiente noche en blanco fue mucho más amable y más romántica, ocurrió a finales de mi tercer año de universidad, en junio, cuando estábamos todos los estudiantes concentrados en nuestros exámenes finales, creo que me coincidió con una tarde en la que había quedado con mi amiga la de filosofía pura, para que me explicase de forma esquemática, los contenidos más importantes de la historia de la Filosofía para un examen, pues teniendo en cuenta las innumerables huelgas del curso, me faltaban clases y explicaciones. Ya estábamos por Platón,  de  pronto sonó el timbre, eran el estudiante de medicina y el de filosofía, pero no venían solos. Les acompañaba la guitarra. Los dos la tocaban bien, y nosotras cantábamos mejor. Improvisamos una cena con lo que teníamos y tras la cena empezamos a cantar canciones de María Ostiz, de Nuevo Mester de Juglaría, de Nuestro Pequeño Mundo, de Jarcha, de Mercedes Sosa...Se nos pasaron las horas y poco a  poco se acercaba el amanecer y entonces se nos ocurrió ir a orillas del Tormes a ver la salida del sol y allí estábamos los cuatro a la espera de la aparición del Astro rey  y se nos ocurrió cantar la canción de “Al Alba”, mientras la cantábamos un nudo de emoción me embargaba, a mis 20 años me sentía viva y feliz. Por supuesto acabamos tomando chocolate con churros en la chocolatería de “Las tres G”, donde algún que otro grupo de estudiantes había rematado la juerga o el estudio. Allí nos encontrábamos todos igualados por esa noche pasada en blanco, saboreando los dorados churros mojados en espeso chocolate, que a estas horas sabían a pedacitos de paraíso.

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