La
idea de este relato surgió en los primeros días grises de este otoño, estando sentada
cómodamente en mi sillón anatómico, de esos a los que solo les falta hablar. Me
acababa de jubilar y por fin tenía todo
el tiempo del mundo para leer con tranquilidad los libros que se me antojasen,
aunque ahora estaba en la lectura de los cuatro
cuentos de Ignacio Aldecoa prescritos en la tertulia literaria de
la asociación de profesores jubilados.
Habían caído ya El hombrecillo que nació para actor y El loro
antillano, me disponía a abordar,
no sin algo de reticencia, el cuento siguiente: Pájaros y espantapájaros y no sé por qué, quizás por el tipo de literatura que representa
Ignacio Aldecoa, quizás por su vinculación a Salamanca en los primeros años de estudiante universitario, me vinieron a la
mente mis propios años como estudiante de Salamanca, pero no voy a relatar aquí
los día en las aulas, a saber: los madrugones, las clases tipo adormidera o
emocionantes hasta derramar lágrimas de gusto y las notas con algún que otro
suspenso, porque de todo hubo en esta época. Lo que aquí voy a narrar son dos
noches que se han quedado en mi memoria, espero que para siempre, dado que la
madurez implica una saturación de vivencias que nuestro subconsciente se
encarga de colocar y hasta de esconder, aún no sé si arbitrariamente. No temáis, que no me voy a meter en disquisiciones
sicológicas que expliquen el porqué de
estos recuerdos preferidos que afloran con facilidad.
La primera
noche data de mi segundo año de
universidad. Aquel sábado había quedado
con algunos amigos: una pareja de estudiantes de filosofía pura de la
Pontificia, un amigo estudiante de medicina y una amiga ya maestra en paro, que
acababa de llegar de Chiclana en busca de trabajo. Estábamos en casa de otras
dos amigas estudiantes de enfermería que vivían en una planta baja bastante antigua.
Después de tomarnos unos bocadillos para cenar, pusimos algo de música y
empezamos a charlar sobre espiritismo, la aguija y otros misterios, pues la
casa y el momento de la noche nos invitaban a eso. Mis amigos los filósofos,
habían oído hablar de algo llamado psicofonías, que por lo visto eran voces de otro tiempo en el aire. Estas
ondas, por llamarlo de alguna manera, se podían captaban a través de aparatos
de grabación simples (estamos hablando de mediados de los 70), menos mal, porque
los estudiantes no demasiado ricos teníamos radiocasetes y poco más. Alguien
sacó una cinta virgen y la introdujo en un elemental aparato para grabar las
preguntas que se hicieran. Nos habíamos sentado alrededor de una mesa camilla,
teníamos una luz tenue, quizás la de un flexo. Todos estábamos medio dormidos, nadie
hablaba y pusimos en modo grabación el casete. Entonces tomó la palabra el de filosofía
que con voz seria dijo: “-Si hay alguien presente que se manifieste-guardó un
momento de silencio y luego prosiguió-, vamos a preguntarte quién eres”-Estas
fueron las únicas palabras que se pronunciaron
en medio de la grabación. Acto seguido rebobinamos la cinta y procedimos
a la escucha y cuál sería nuestra sorpresa cuando oímos, claro está, la voz de
nuestro amigo diciendo que si había
alguien presente se manifestara y durante esta frase se oía una voz que decía:”
Por amor, haced preguntas” y creo que la repetía dos veces. Después seguía la
frase de mi amigo: “Vamos a preguntarte quién eres” y simultáneamente, suponemos que la misma voz,
decía: “taita” (lo repetía dos o tres veces) y había un “¡No, no, no!” A todos
se no erizó el bello. La otra estudiante de filosofía dijo que mientras esto
sucedía, se le había pasado por la
cabeza la imagen de un niño que una mujer bañaba en un barreño de zinc y que lo
ahogaba en el mismo. Tenemos que aclarar que la cinta virgen no era de ninguno
de los de filosofía (por si diera pie a susceptibilidades), sino de las chicas
de la casa. La misma noche miramos en el diccionario la palabra que habíamos escuchado, y os diré que
“taita” es una palabra de origen latino con la que el niño llama a sus padres o
a quien le cuida. Estuvimos toda la noche juntos con miedo a irnos a casa y durante
varios meses se nos quedó esta sensación de haber rayado en lo desconocido, en
el ¿más allá?
La siguiente
noche en blanco fue mucho más amable y más romántica, ocurrió a finales de mi
tercer año de universidad, en junio, cuando estábamos todos los estudiantes
concentrados en nuestros exámenes finales, creo que me coincidió con una tarde en
la que había quedado con mi amiga la de filosofía pura, para que me explicase de
forma esquemática, los contenidos más importantes de la historia de la
Filosofía para un examen, pues teniendo en cuenta las innumerables huelgas del
curso, me faltaban clases y explicaciones. Ya estábamos por Platón, de
pronto sonó el timbre, eran el estudiante de medicina y el de filosofía,
pero no venían solos. Les acompañaba la guitarra. Los dos la tocaban bien, y
nosotras cantábamos mejor. Improvisamos una cena con lo que teníamos y tras la
cena empezamos a cantar canciones de María Ostiz, de Nuevo Mester de Juglaría,
de Nuestro Pequeño Mundo, de Jarcha, de Mercedes Sosa...Se nos pasaron las
horas y poco a poco se acercaba el
amanecer y entonces se nos ocurrió ir a orillas del Tormes a ver la salida del
sol y allí estábamos los cuatro a la espera de la aparición del Astro rey y se nos ocurrió cantar la canción de “Al
Alba”, mientras la cantábamos un nudo de emoción me embargaba, a mis 20 años me
sentía viva y feliz. Por supuesto acabamos tomando chocolate con churros en la
chocolatería de “Las tres G”, donde algún que otro grupo de estudiantes había
rematado la juerga o el estudio. Allí nos encontrábamos todos igualados por esa
noche pasada en blanco, saboreando los dorados churros mojados en espeso
chocolate, que a estas horas sabían a pedacitos de paraíso.

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